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2.5.11

Un regalo




Te regalo un cuento. Podía haber sido una salida con vino, baile y ponqué improvisado con velita robada, o una sesión de crítica fílmica con su respectivo mokaccino en donde más te guste. Pero no. Quería que fuera un cuento.

No es porque no anhele lo anterior, nada más lejos de la realidad...

Te regalo un cuento para que puedas hacerlo tuyo dibujándole una narizota, para que lo compartas con tus familia o con tus mejores amig@s. Para que elijas la banda sonora que te apetece que suene de fondo mientras lo lees. Así como yo tengo mis canciones para escribirte.

Te regalo un cuento para que puedas llevarlo contigo, dobladito en el bolso, o entre las páginas de un libro de turno. Para que cuando te fastidies de mi puedas estrujarlo y hacer con él una pelota de papel, arrojarlo por la ventana y mirar complacida cómo lo atropella un carro. Para que lo fotocopies mil veces y le entregues una copia a quien más te apetezca. Para que envuelvas con él los aguacates o para colgarlo en tu pared. Para que le claves alfileres los días en los que me matarías. O para apuntar encima del título el teléfono del servicio delivery de la pizza.

Te regalo un cuento improvisado. De esos que empiezas a escribir sin pensar y que no sabes cuándo acaban. Te regalo esta noche y todas las demás. Te ofrezco mi sonrisa non stop, sin conservantes ni colorantes. Aún a riesgo de poder ser acusado de alevosía y nocturnidad, y aunque puedan encontrarse muchos más agravantes.

Te dejo abierta la ventana para que te cueles, para que me espíes ésta noche. Para que me veas sin que te vea. Para que me cuides un poco sin que yo lo sepa.

Te regalo una idea. El concepto más hermoso de complicidad, un escenario vacío en el que buscar la manera de encontrarse. Te regalo un cuento que habla de amigos y de sueños, de noches incandescentes, de mí mismo mientras me imagino tu cuarto desde lo alto del cielo, antes de lanzarme en picado sobre la almohada. De kamikazes que se estrellan en tus brazos y que no vuelven a despegar, ni falta que les hace.

Te regalo un cuento indeterminado sin pies ni cabeza, sin trama ni desenlace final, sin argumentos y sin actores de reparto. Sin moraleja. Y si la tiene, que sólo tú la conozcas.

Te regalo un cuento que te llene de esperanza y de fe, que te haga sentir la presencia de tus seres queridos y que extienda desde el cielo los brazos de tu ángel guardian para que te guíe y te arrulle la noche. ¡Que confirme que todo va a estar bien!

Lo único que necesitas es apagar la luz, cerrar los ojos y la puerta de tu habitación, no necesariamente en ese orden. Dejar que te lea al oído, olvidarte de los quehaceres

Te regalo un deseo. Llenarte de unas ganas locas de reír y de que salgas corriendo en busca de una cinta bonita para el pelo. Que necesites llamarme y te encuentres pidiéndome que apague la luz, que cierre mi puerta y entonces, empieces a leer el mismo cuento que estás leyendo ahora. Y ojalá no podamos dejar de comunicarnos cada noche, para contarnos el mismo cuento. Toda una vida.

Un cuento para llevarte de viaje a tus lugares favoritos. A la playa, a las calles...

Te regalo un cuento sin papel de colores ni un "espero que te guste". Sin aplicar el IVA y sin descuento por pronto pago. Un cuento que habla de ti, que pueda leerse cualquier día del año, a cualquier hora, sea cual sea tu estado de ánimo o tu sabor favorito de helado.

Te regalo este cuento.

19.4.11

Nunca ausentes


Toda ausencia es atroz y, sin embargo, habita como un hueco que viene de los muertos, de las blancas raíces del pasado.

¿Hacia dónde volverse?; ¿hacia Dios, el ausente del mundo de los hombres?; ¿hacia ellos, que lo han interpretado hasta vaciarlo? ¿Hacia dónde volverse que no revele el hueco, el vacío insondable de la ausencia?

Hacia ellos, los muertos, que guardan la memoria y saben que no estamos contentos en un mundo interpretado.

Mas las sombras, las sombras que la interpretación provoca y nos separa de ellos, las sombras con su viento todo lleno de la abierta ventana hacia el espacio, las sombras donde no hay anunciación trabajan nuestro hueco.

¿Será que ya no hay nada atrás de ellas, o el oscuro dolor por nuestros muertos –como el amanecer que empieza a medianoche, a la hora más oscura de la noche– anuncia su retorno en el sigilo?

¿No es tiempo de encontrarlos nuevamente donde nada parece retenerlos?

Tal vez sí, porque sus voces vienen de lo oscuro, de su vacío vienen como un rumor de río en un riachuelo, como un dulce reclamo imperceptible, como una tenue estrella entre las sombras vienen sus voces, vienen desde lejos.

Óyelas, corazón, como sólo los puros de alma sabían escucharlas atendiendo en el rezo su incesante llamado con los pies en la tierra.

Así los escuchaban, escuchando el arriba y el abajo, preservando en sus tumbas el suelo que habitaron con nosotros.

No es así que tú puedes escucharlos en el espacio en sombras de un mundo interpretado. Pero escucha la queja de lo Abierto, el mensaje incesante, esa advertencia que viene desde lejos, ese rumor tan suave que casi nadie escucha y llega a ti de todas las iglesias, como si en esas piedras, que guardan la memoria de los muertos, habitara la llama de su estar con nosotros, de su sola presencia en la resurrección y descorriera un poco nuestras sombras.

Porque es difícil vivir en un mundo sin ellos, difícil no sentir a nuestros muertos alimentando las obras de los hombres; difícil no seguir sus costumbres, que apenas conocimos; difícil habitar en las sombras como un alucinado que repentinamente recobra la memoria para luego volver a su intemperie; difícil ver aquello que los hacía nuestros flotar en el espacio y diluirse.

Estar vivo es penoso, y nosotros, nosotros, que los necesitamos con sus graves secretos, nosotros, que sabemos que no podrán volver a un mundo interpretado, a veces escuchamos, como un ligero viento, ascender de las sombras la música primera que promete su vuelta en medio de las sobras y nos trae el consuelo.

¡Contigo está!

2.3.11

Agrafía


Los médicos dicen que es una afección rara. Que se conocen pocos casos. Que nadie lo ha estudiado, en profundidad, todavía. Dicen “Lo sentimos mucho”. Dicen “No podemos hacer nada”. Dicen “Sabemos que no es fácil”. Dicen “Tendrás que aprender -y lo harás, ya verás como lo harás- a vivir con ello”.

Vivir con ello significa vivir sin ellas. Eso no lo han dicho. Quizás también ellos sufren algún tipo de afección extraña.

Agrafia pura secundaria. Como si decir tres palabras juntas significara algo.

Incapacidad adquirida para expresar las ideas por escrito -No tener ni una puta palabra que llevarme a los dedos -me he dicho.

Pero puedes pensar, imaginar. Leer. Puedes hablar. ¡Puedes!

Como el que dice “No queda Vodka, pero allí quedó jugo de limón”. Como el que dice “Tienes jodido el corazón, pero te funciona perfectamente el hígado”.

Varios días en tratamiento. Me han preguntado cuándo tuve el accidente. Si conducía yo. Si el golpe fue frontal o lateral. Si perdí la conciencia y durante cuánto tiempo. Si hubo hemorragias nasales o auditivas. Si recordaba lo sucedido al despertarme. Me han preguntado si tuve algún traumatismo. Si he sufrido alguna vez un ACV. Si yo, o alguien de mi familia, es hipertenso. Si he sido intervenido. Si tengo alergia o intolerancia a algún medicamento. Si tengo claustrofobia. Si doy mi consentimiento para una radiografía de cráneo Si llevo objetos metálicos.

Y nadie -ni el neurólogo ni el neurocirujano ni el neuropsicólogo- me ha preguntado por las palabras que he perdido. Por las palabras que me ha robado ese semáforo contra el que me he estrellado. Por las palabras que han salido disparadas para la luna y que he visto morir, a solas, sobre la acera. Por las palabras que me han visto morir y que ya no sabían qué dirección tomar.


Sálvenlas a ellas, no a mí”, le habría dicho al de la ambulancia. “Parece que aún respiran. Parece que aún dicen algo". Tú lo habrías entendido. Y las habrías salvado a ellas. Pero él no. Y no lo culpo, aunque lo haga.

Y nadie me ha preguntado por ellas. Por mí sin ellas. Por mí en apariencia sin ti. Nadie me ha preguntado por éste sin nosotros a partir de ahora.

Es una afección rara, ha dicho el médico. Él se refería a la agrafia. Pero yo he pensado que la verdadera afección extraña es esta costumbre nuestra de querernos por escrito, a dos mil kilómetros por autopista y treinta años de distancia. La de controlar lo que se quiere decir y hacer. La de no saberlo. La de guardarlo. La de vomitarle tinta a la pantalla del portátil como si fuera la piel que me sobra o la ropa que me quitas. La de mirarte de ojos a píxel. La de esperar que me mires. La de esperar para tocarte. La de la poca paciencia.

Y ahora he cambiado una afección rara por otra, porque no te tengo siempre como te quiero tener.

Y nadie me ha hecho la pregunta necesaria. Nadie ha querido saberlo. Quizás a nadie le importa, en definitiva

Estás vivo, coño, qué más da que no tengas palabras” ha dicho el médico en mi cabeza.

Te equivocas. Me faltan cuatro letras para estar vivo” le he contestado.

Silencio por su parte

Lo he intentado esta noche. Y no he podido.
Me han tomado la temperatura y la tensión arterial. Me han cambiado el suero. Me han preguntado qué tal he dormido. Si tengo calor o frío. Si necesito algo. Necesitaba decirle a alguien que lo he intentado esta mañana y que no he podido. Pero no he podido. No he podido. No he podido

Pero puedes hablar y...”, ha dicho el médico.

No puedo.

Me he mirado las manos y las he puesto sobre el teclado. He pensado las palabras antes. Te he buscado un comienzo con el que poder continuarnos. Tenía un párrafo entero en la cabeza. Te lo juro. Intentaba contarte todo esto. Tenía todas las palabras -y eso que nunca las he tenido-. Pero los dedos no se han movido. Y cuando lo han hecho, han escrito cosas extrañas. Cosas que no entiendo. Cosas que nadie (pero puedes hablar y…) entendería nunca.

Tengo astenia en la punta de los dedos. Sensación de cuerpo extraño. Carraspeo (letras sueltas, inútiles, cobardes). Ardores fríos. Inestabilidad. Vértigo. Cansancio.

Pienso en frases cortas, en mensajes telegráficos: Accidente. Herida. Cráneo mudo. Dedos muertos. Diez laringes menos con las que llegarte. Pero nada.

Entra la enfermera y dice no hagas esfuerzos. Dice “túmbate”. Y agrega “Quieres que le avise a alguien”.

Sí. Quiero que avise a alguien.

Quiero que te avise a ti.

Pero no puedo develarlo

A mí me faltan ahora cuatro letras para estar vivo. Y aún tengo la esperanza, a pesar del cuadro clínico, de que voy a poder dártelas

23.2.11

Delirium Tremens II: Cuando no esté contigo


Señora, ¿me daría un beso?

Cuando digo esa frase, sólo pienso en restregarme contra usted un par de veces por semana durante diez o doce meses a lo sumo. Prometo no molestarla tan seguido si usted lo prefiere, no buscarle las cinco patas al gato; como mucho la llamaré un par de veces de madrugada, hurtando sus ojos al sueño, para decirle cuánto la amo y cómo la echo de menos, por lo demás no se preocupe, de las noches en que no nos veamos, prometo suicidarme sólo la mitad de ellas, la otra mitad estaré tranquilo.

Miraré sereno cómo la mañana llega de smog se posa sobre la ciudad, veré los carros ladrar furiosos en la autopista, buscaré sus facciones en las caras anónimas que pululan en el Metro y ellos me tomarán por estúpido al ver mi sonrisa (de estúpido), no se preocupe por mí, ya le digo, estaré bien, entraré en un restaurante y pediré una ración de pulpo y una botella de vino tinto. El mesonero también me tomará por estúpido cuando vea mi cara de felicidad al meterle el diente al cefalópodo, el mesonero sonreirá, le digo, porque ignora el pobre que como pulpo porque yo también quiero ser pulpo, señora. Yo también quiero ser pulpo, para acariciarla a usted y abrazarla con mis tentaculos, y poseerla con ellos, y después me sentaría al piano y lo tocaría como sólo los pulpos pueden tocarlo, porque, ¿sabe, señora?, si yo fuese pulpo aprendería a tocar el piano sólo por complacerla, pero el mesonero no lo entiende, y me mira y sonríe cuando yo me miro los tentáculos para saber si son tentáculos de pianista, y pienso en los momentos de felicidad y pasión que pudo tener, y le recito: ¿pulpo será, mas pulpo enamorado?, y al final suele ocurrir que me entristezco por este pobre pianista a la gallega, con su anárquica melodía emergiendo entre las papas y el pimentón, y me bebo el vino y me voy del restaurante, y vago un rato por las calles, pero ya ve, señora, que no soy peligroso en esas noches, no lo soy porque aún llevaré pegado al cuello el aroma de usted desde el fin de semana anterior.

Los pulpos somos muy tranquilos, aunque debo confesarle, señora, que otra cosa será al día siguiente, en esos días enloquezco desde la mañana. Ser pulpo me deja una resaca espantosa, noto un demonio dentro de mí, y consigo aplacarlo al principio, con mucho esfuerzo lo mantengo a raya, pero latente, crece, se alimenta de los restos del pulpo, y va ganando terreno poco a poco, hasta que, cuando empieza a caer la tarde ya no puedo contenerlo, sale de mí y me esclaviza, me fustiga, me hace tenerle rabia a usted y a mí mismo por tenerle rabia y odiar al pulpo por amarla, y empiezo a arrastrarme y se me hiela el corazón y soy una víbora, y salgo a la calle y repto por la ciudad, y no la busco a usted, porque le tengo rabia, ya se lo he dicho. Le tengo rabia, porque miro en sus ojos al demonio que me esclaviza, y creo que usted me tiene rabia por ser una víbora, pero luego pienso que simplemente le soy indiferente, le doy exactamente igual, y eso me horroriza aún más, ser una víbora indiferente, porque puedo comprender su odio, ya que su cuerpo no está hecho para ser tocado por una víbora, pero su indiferencia me hiere.

Y lo que haré, señora, será buscar consuelo en el hombro del demonio, que me hará beber mil y un whiskies para engañarme, porque sus labios, señora, lo sé, tienen el regusto sabroso-amargo del whisky, y en mitad de la noche, con mis escamas de whisky y mis colmillos de odio, el diablo me acompañará hasta la calle de las ausencias y allí me dejará cómo una presa fácil, y, lo siento, señora, buscaré sus labios entre las ausencias para inyectarles mi veneno, si es que aún tengo veneno, pobre vibora de madrugada, y por un instante creeré haberla hallado a usted, cuando en realidad son mis colmillos los que saben a whisky, no los labios de la ausencia, y mi corazón de sangre fría volverá a arrastrarse por la calle, ya ve, señora, eso será todo lo que haré el tiempo que no pase con usted, quizá no sea muy ortodoxo, quizá espera usted algo más, lo comprendo, pero piense que yo la necesito para no perder la cabeza

Y por eso, señora, concédame usted ese beso, por favor.

16.2.11

Miseria Lingüística


Señores. Sé que quizá me servirá de poco, pero tengo que expresarlo: Harto de amores mudos, hoy no me dirijo a Ella, me dirijo a ustedes para hacerles saber que tantos años de práctica y discusiones no han servido de nada. Al menos en lo que a mí se refiere; no obstante, tras interrogar a algunos conocidos, la frustración es colectiva, y de ahí nace tanta impotencia que pudiera explicar por sí solos el porqué de este mundo hostil; pero no es en representación de nadie que les escribo.

Es una cuestión personal, porque después de semanas de sufrimiento, de tortura, mi incapacidad se ha revelado en su grado más extremo.

A pesar de vivir enmudecido y enamorado, algo de cordura me queda, y la empleo en buscar salidas a mi situación. Leo en una página web que han lanzado un nuevo diccionario, el Panhispánico, que anuncian como un compendio definitivo. Creo que lo compraré, claro, con el deseo de encontrar por fin las palabras que traduzcan exactamente a los papeles y a la pantalla de la computadora el sentimiento que me desborda.

Estoy enamorado, e intento encontrar los términos precisos para contarlo con similar suerte hoy por hoy. A cada ausencia le sucede una inquietud. Es evidente de quién es la culpa: Mia. Yo la quiero, pero nunca le puedo decir cuánto, ni cómo, ni de forma convincente, el grado de felicidad que alcanzo a su lado.

En esta ocasión, con Ella, no me puedo permitir el lujo de que esos fracasos se repitan. De ahí la compra del dichoso Panhispánico; de ahí esta carta, una vez descubierto el escaso valor de la nueva adquisición a la hora de hallar un vocabulario esclarecedor.

Esta ausencia de verbos y adjetivos, se lo aseguro, no será por falta de inversión. He gastado como el mayor de los derrochadores. Compro todos los diccionarios que recomiendan: todas las reediciones del de la lengua española, el de ortografía, los de gramática (tanto los que anuncian una nueva como otra descriptiva), el primitivo, el lexicográfico, el de refranes y, por supuesto, el de desengaños amorosos. También busqué entre los diccionarios de sinónimos, de antónimos, médico-biológico (fue en mi época mas racionalista), filosóficos e, incluso, a través de un impulso mezquino, en diccionarios económicos.

Y Nada... Ni siquiera me lee...

Por eso hoy les expreso mi odio, mi absoluto desprecio hacia su trabajo, que brota con la misma fuerza que el sentimiento, por ahora indescriptible, que me despierta Ella, una mujer que no merece miserias lingüísticas, sino las mejores letras del mundo. Las mejores palabras de ustedes que encontré para hablar de ella son tan miserables que ni se me pasa por la cabeza decírselas a Ella. Su trabajo y el de sus predecesores académicos resultan inútiles frente a esta sensación, pero, también, frente a ella. El vocabulario que ofrecen es tan avaro, y Ella tan rica. Esos diccionarios suyos están tan muertos, y ella tan viva, que parece que en sus tomos se habla de un planeta y ella viva en otro.

No quiero alargarme más. Es imposible que puedan ustedes comparar su pobre aportación a mi problema, ya que no la conocen a Ella, por desgracia para ustedes; aunque, eso sí, me gustaría recomendarles que, antes de lanzar un nuevo diccionario, reflexionen ustedes sobre el significado de un proverbio (extraído, obviamente, del Diccionario de Proverbios y Refranes, otra obra consultada sin éxito): con la mentira se puede llegar muy lejos, pero sin esperanza de retorno. A pesar de todo, yo tengo la esperanza de que ustedes, miembros de la Real Academia Española, encuentren palabras verdaderas para describirla a Ella... y lo que siento...

30.9.10

Dificil... deseable...


De chamo oía con entusiasmo una teoría demográfica que no sé si les suene familiar. Era una tesis muy optimista y prometedora que decía algo así como que “por cada hombre que existe en el mundo hay siete mujeres”. Para ese entonces, mi corta percepción y total sentido neófito de la geografía de campo me llevaba a creer que ‘el mundo’ estaba constituido únicamente por los dos espacios en donde mi vida diaria se desarrollaba: el colegio y el pueblo. Y en esas dos limitadas escenografías fue donde comenzó a desarrollarte mi infante expectativa por encontrar a la vuelta de la esquina a las siete féminas que estadísticamente me correspondían.

La realidad, por supuesto, se encargó de demostrarme que esa teoría popular no era nada más que un mito irresponsablemente divulgado; y que no solo no había siete mujeres para cada hombre, sino que bastante afortunado debería sentirse uno si llegaba a encontrar siquiera a una sola. Cosa rara si, intentando hacer un quizá fallido análisis sociológico del asunto, numéricamente, las proporciones entre varones y féminas parecen estar planteadas incluso al doble de lo que ese adagio postula. Por lo menos en este país, donde las mujeres se viven quejando –no sé si con razón o no, quizá sea buen tema para otro post- de que “no hay hombres en esta vaina”.

Es como si con el paso del tiempo el universo femenino se hubiese ampliado de una manera completamente abusiva. Recuerdo que, durante mi etapa en la universidad, por ejemplo, el segmento de chicas era amplísimo. Quizá no podría hacer una media para determinar si habría siete o más mujeres por cada hombre, pero se podía notar una apreciable cantidad de muchachas circulando por los pasillos.

Lo más increíble es que yo nunca saqué real provecho de ese tropel de veinteañeras disponibles que se deslizaban del modo más silvestre por los cafetines y los jardines. E introduzco este elemento porque ahora, en los albores de los próximos treinta, con la mayoría de mis amigos casados y dedicado al trabajo como un obseso, he caído en la conclusión de que el universo femenino al que tengo acceso no solo se ha reducido, sino que está sentenciado por mujeres sobre las que cae la maldita conjura de lo aparentemente prohibido. O están casadas, o están en divorcio, o tienen una situación difícil o como diría el Facebook “Es complicado”… algún elemento que no lo ponga tan sencillo. Y esas son las que me atrapan, las que que se quedan en mí, pensándolas en todos lados, las que me ponen a cazar fugazmente una mirada y pueblan mi cabeza de incógnitas acerca de lo que podría ser.

Creo que ha sido un asunto “histórico”, si tuviera que ponerle un calificativo. Recuerdo que en los tiempos de la chemisse azul, tenía sutiles pero connotadas fantasías con varias de mis profesoras. Debía haber parecido un imbécil: estático en medio de la pizarra, balbuceando cualquier respuesta, moviendo la cabeza como esos pavosos perritos de juguete que mueven la cabeza en un eterno mandibuleo y que los choferes de taxi colocan en el tablero del carro. Lo curioso, en este caso particular, era que cuando ya me convertía en ex alumno, y ya no tenían el poder de la calificación– perdían de inmediato el estatus de ‘interesante’. Vaya paradoja.

También me pasó con algunas primas. Mario Vargas Llosa se casó con su prima, pero no suele ocurrir comúnmente. Y dicen que “carne de prim@s...” , pero también dicen que los hijos de parejas de primos nacen con serias insuficiencias intelectuales (y a veces, cuando leo lo que escribo, me pregunto si mis papás no habrán sido, en realidad, íntimos primos hermanos). Afortunadamente, eso ya no me pasa.

Lo cierto es que el factor conductual se ha quedado presente. Y hoy por hoy, mientras más difíciles sean, creo que más me gustan. Y más me enamoro de ellas. Creo que es lo prohibido, lo oculto o lo misterioso, lo que lo hace más deseable. Y así, mientras que la contingencia te obliga a disimular, mantenerte oculto y, en público, tengas que obligarte a tratarlas con un punto de asexuada indiferencia; falsa paciencia y caballerosidad, ellas te tientan con miradas traviesas que pueden hacer que empieces a decir tonterías o incoherencias nerviosas. Y lejos de molestarme, o intentar descartarlas, me encanta. Más me amarro, más las deseo… más las extraño, ya sea en presencia y mucho más en ausencia. Ya recientemente lo comprobé… y aún lo siento.

Y aunque tenga que continuar poniéndole una señal de Stop a mis impulsos más primarios, le recomiendo se cuide, porque ya comienzan los últimos meses del año, donde todo se aligera, donde corren caudalosos ríos de alcohol, y son ocasiones perfectas para perder los estribos durante todo el año controlados y hacer todas las “maldades” inapropiadas. Quisiera prometerle que me seguiré comportando como un caballero, pero no sería leal ni consecuente con el chamo desubicado y temerario que también en mí habita.

Qué bueno que estés aquí…

29.8.10

Demasiado Tarde


Mi último zapping madrugador, cada vez más recurrente y que se ríe de la infusión de Rosa Jamaica, la valeriana y de los antihistamínicos fue tomado por el grandioso y envejecido Sabina canturreando la que para mí es una de sus canciones más logradas: Princesa, cuya letra es un calco de un drama quizá para muchos recurrente y en que hoy pongo el dedo en mis propias llagas. Bien vale el esfuerzo luego de que el señor de Úbeda me diera bofetadas con el cuento de la chica que, aunque ya bordea la base tres, aún persiste en actuar como una alborotada e irresponsable veinteañera.

Eso en sí mismo –sufrir el trastorno de la adolescencia tardía– no me merece mayores reparos. Incluso a veces yo mismo me achaco la teórica incoherencia de estar casi llegando a la treintena y comportarme despistadamente como un desubicado carajito de 18. Y más fregado es cuando esa supuesta inmadurez va acompañada de un inaudito y sistemático método para batallar con el drama de la incorrespondencia o de la imposibilidad.

Pongamos las barbas en remojo. Muchas son las relaciones –quizá haya usted estado inmerso en una de ellas- donde una de las partes es gran animador de la fiesta: el romántico, el desinteresado, el incondicional, el fiel, el detallista; es decir, lo que para cualquiera–en el falso plano austral-romántico- vendría a ser el enamorado/a perfecto/a –o, para algunos, quizá el/la perfecto/a idiota-. El que se desvive para proporcionar comodidad al otro. Muchos hasta reprimen su clásica hiperactividad y cambian de hábito, envolviéndose en ropajes de comedidos y zanahorias, aunque nunca lo hayan sido.

Resulta curioso cuando, a veces sin querer, se alteran aspectos de la forma de ser solo para preservar la armonía. Si eso lo pone feliz y la pareja vale el sacrificio, pues bienvenidos sean los ajustes, el control, la autocensura y las variaciones de personalidad. El problema está cuando la pareja no es correspondiente, o es complicada. Allí sus instintos serán castigados con temporadas indefinidas de "break" que pueden hacer sufrir.

En una relación siempre hay un miembro de la pareja que tiene la sartén por el mango y que, cuando es consciente de eso, pues se termina aprovechando de que la balanza esté inclinada a su favor. Es difícil que dos personas se enamoren con la misma intensidad. Lo regular es que haya uno que seduce y otro que se deja seducir; uno que traza los planes y otro que los acata; uno que domina y otro que es dominado; uno que quiere más y otro que quiere distinto.

Muchos son los casos cuando uno de los dos –por variadas razones- lleva la voz cantante, la que decide cuándo salir, cuándo bailar, cuándo ir al cine. En muchos casos, las razones se convierten en verdades solo para no verse en la obligación de encararse. “No cabe duda que es verdad que la costumbre…” decía la balada ranchera. Aquí el amor raya en un entramado de dudas, caprichos e inconsistencias. Uno frega al otro, y con un llamado de atención, vuelve a ablandarse.

Es horrible la palabra "empepado", pero hasta que el lenguaje no encuentre una jerga menos vulgar que la reemplace de manera convincente, pues tendremos que seguir apelando a ella designar casos como éstos, tan vividos, tan comunes. Y duele más cuando se llega a vivir atado a una cama y al sueño optimista de que algún día eso se convierta en algo más real, más verdadero, más humano.
Quienes hemos pasado alguna vez por el terrible rito de la contrición amorosa y hemos apelado a esas peticiones sabemos lo duro que es esperar a alguien que se quede contigo y recibir a cambio tan solo una devastadora mirada de lástima, o una caricia de compasión o, peor, un tibio beso en la frente.

Espero que sean pocos –entre los pocos lectores de este trasto de blog- los que hayan identificado con esto. Para ellos, la fortaleza del gran Sabina quien cantaba “ya es demasiado tarde”. Qué valga para mí igual, de una u otra manera



25.8.10

Por la boca...

Se conocen en una fiesta. Conversan durante horas. Se gustan. Hierve la sangre y la piel. Antes de retirarse ÉL le pide el número de teléfono y a los pocos días la llama para invitarla a salir. Salen. A la segunda salida se dan un beso. Sin habérselo propuesto y del modo más natural, salen durante una, dos semanas. Cada vez se gustan más, se besan y abrazan con fuerza, se desean. Un viernes, después de ir a bailar, al cierre de la madrugada, hacen el amor en un hotel y les resulta sensacional. Salen durante uno, dos meses. Actúan como enamorados. Se telefonean cada dos días y se monitorean con mensajes de texto o por el Pin. Una noche, en la cama, en medio del fragor de la excitación, ELLA le dice a boca de jarro que lo ama. Es evidente que está más enamorada que ÉL (siempre hay uno que se enamora más que él otro). ÉL no quiere decirle que la ama, pues no está seguro de sentirlo, pero ahí, montado sobre ELLA, entrando y saliendo de su cuerpo, a punto del orgasmo, cree amarla y –pum– se lo dice balbuceándolo en su oído. ELLA no olvidará ese momento.

Progresan y continúan saliendo. Se sienten muy afines. Son casi una pareja formal, aunque nunca hayan formalizado su relación con preguntas obsoletas (aunque útiles) como “¿quieres estar conmigo?”.

Mientras más sexo tienen, ÉL se siente más compenetrado, más protector, más seguro. Entonces se tuerce la llave del destino por primera vez: ÉL deja salir al duende romántico que tenía exiliado en una gaveta de su cerebro y empieza a escribir poemas, a componer canciones, a hacer regalos de todo calibre y, sobre todo, a decir un montón de frases hermosas y grandilocuentes que –aunque son coyunturales– llevan el peligroso eco de lo eterno.

“Siempre te voy a amar”, le dice ÉL una tarde, a la salida del cine. ELLA lo abraza y deja caer un leve lagrimeo. No soporta tanta felicidad. Cree que, efectivamente, esas cinco palabras son la garantía de que ÉL nunca se irá de su lado. No sabe que esa frase (siempre–te–voy–a–amar) es solo un impulso, un hipo, un arranque honesto y bien intencionado, pero nada más. Decirle a alguien “siempre te voy a amar” es tan precipitado como asegurarle que dentro de dos semanas un camión cisterna se estrellará contra su casa, o que un aerolito caerá dentro de un año en su jardín.

Lo que ÉL ha debido decirle, en todo caso, es algo así como “hoy, aquí, mientras estamos saliendo del cine, acaso inspirado por la película romántica que acabamos de ver, siento que algo de mí te ama”. Pero, claro, nadie dice esa cosa tan ponderada, desmenuzada, racional y aburrida. A todos nos gusta soltar la lengua, creernos los actorcitos, irnos de muelas y empapelar nuestras relaciones con tempranas sentencias que, más tarde, cuando el amor pasional desfallece y aparecen las dudas, regresan como un boomerang a pegarnos en la cara. No es que las palabras y promesas carezcan de sinceridad, sino que sufren de tremendismo.

ÉL y ELLA siguen juntos cuatro, cinco, seis meses. Están relativamente bien. Ya no tienen tanto sexo volcánico como al inicio, ni van tanto al cine, pero, bah, son otros los lazos que los unen (si le preguntaran a ÉL, diría que los une la libertad incondicional; ELLA, en cambio, diría que los une la proyección, el futuro). De pronto, un día, ELLA plantea la formalización. Quiere que se coloquen mutuamente el cartel de ‘enamorados’ delante de toda la platea de amigos, parientes y demás. Ya basta de ser amigos que se acuestan. Si les ha ido bien hasta ahora, por qué no dar otro paso, piensa. Ahí se produce la segunda vuelta de tuerca: ÉL deja salir al mono neurótico que escondió en algún lado de su inconsciente y se asusta. Se resiste a cambiar las cosas y da un paso al costado. Le dice que no, que están bien juntos mientras sigan sujetos a su libre albedrío.
ELLA llora y le recuerda, una por una, todas las cosas que le dijo al inicio, todas las promesas, todos los regalos, pero sobre todo le recuerda el bendito día en que, a la salida del cine, le dijo “siempre te voy a amar”. ¿Dónde estaba ahora ese ‘siempre’? ¿Acaso había sido mentira? ¿En qué momento se evaporó el amor desquiciado y revoltoso de las primeras semanas?

Recientemente escuché una historia como la que arriba describo y, al oírla, pienso enseguida que las palabras que decimos son como grilletes que, sin saber, nos vamos ajustando en las muñecas y en los tobillos. Son como plantas carnívoras que nos mordisquean para que no olvidemos que nosotros les dimos vida al pronunciarlas tan impunemente. Nuestra pareja nos torturará mostrándonos, subrayadas si es preciso, las cartas de amor que les escribimos, los mails entrañables que les mandamos, el inspirado verso que una noche compusimos en una servilleta de restorán.

Como un ama de casa enfurecida que castiga a su perro arrastrándolo hasta la sala para que huela la mancha de orina que traviesamente dejó, así, igualito, nuestra chica nos refunfuñará para que no volvamos a prometer lo que no estamos en capacidad de cumplir.

¿Cuántas veces la han cagado con el alma por haberles dicho esas palabras preciosas que luego, como por arte de magia, se hicieron aserrín? O al revés: ¿Cuántos de ustedes han tenido que pedir perdón, cabizbajos, por no haber podido sostener en el tiempo una frase memorable que, en su momento, fue dicha con el corazón en la mano? ¿No les parece extraño que las mismas palabras que sirvieron para unir al final estimulen el distanciamiento?

Creo que el diccionario amoroso va variando en la medida que los sentimientos se transforman. Hay quienes afirman que el amor –es decir, el fogonazo, la pasión química que hace posible cualquier relación– dura solo unos pocos años. Cuatro, a lo mucho. Es como una gasolina de alta viscosidad que nos hace arrancar a velocidad hasta que un día, en medio de la nada, se agota. Por eso es sano pensar que el amor, igual que el combustible, no dura para siempre. Una vez que los músculos del corazón se relajan, son otros los afectos en juego: la amistad, la lealtad, la aclimatación a la costumbre, pero también el desapego, la rutina, el hartazgo, la indiferencia.

¿Cuánto dura el amor? Hoy no tengo idea -abogo que por mucho siempre- Cuando veo que hay abuelos que aún consiguen mirarse con ternura mientras celebran sus bodas de zafiro, oro, diamante y demás piedras preciosas, pienso que el amor es una preciosa y escasa virtud. Sin embargo, en la mayoría de historias esa magia se oscurece: las parejas se rompen; los matrimonios fracasan fulminados por las crisis; los casados recomiendan a los solteros mantenerse fuera; el divorcio se populariza. No entiendo. Pareciera como si el amor –o eso que juntó a un hombre y una mujer en un primer momento– ahora los agotara y los destruyera lentamente, como una droga: que te hechiza primero solo para matarte después.

Por eso –por el daño que pueden hacer involuntariamente ciertas frases y palabras– es que pienso que los discursos que los novios están obligados a pronunciar en la misa nupcial deberían revisarse a fin de estar cargados de un poquito más de realismo. No quiero sonar insolente, pero si me dieran a mí esa tarea, cambiaría muchos términos e incorporaría nuevas expresiones para aliviar la carga.

Para empezar, eso de “yo te tomo a ti como mi esposa” suena mal. Suena a que la otra persona es un jugo de naranja o una bebida hidratante. No, pues. Debería ser: “a partir de ahora eres mi esposa y yo asumo las consecuencias de eso”. Punto.

Segundo, eso de “prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, amarte y respetarte todos los días de mi vida”, es tremendamente abusivo. El solo hecho de decirlo ya cansa, agota. Decirlo equivale a hacer cinco horas de spinning. Te quedas sin aire. Además, no es cierto. Para hacer honor a la verdad, uno debería decir: “intentaré serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad (siempre y cuando esté médicamente comprobada y no sea producto de un engreído arranque hipocondríaco). También intentaré amarte y respetarte algunos días de mi vida, no todos, porque algunos días te odiaré y querré que desaparezcas. Eso en cuanto a los días. De las noches, mejor no hablemos”.
Esas frases son algo más verosímiles. Traslucen mejor lo que ocurre en la vida de un casado (y lo digo habiendo recogido decenas de indicios y testimonios con el mejor ánimo periodístico).
Como si arriesgar todas esas promesas fuera poco, el sacerdote obliga a los novios a reafirmar sus palabras. Eso también tendría que modificarse, digo, en nombre de la calidad de vida de la pareja. El cura te habla del amor en la prosperidad, en la adversidad, en la riqueza y en la pobreza. Ahí –con el perdón del protocolo eclesiástico– convendría hacer algunas precisiones. Si uno va a empeñar su palabra infinitamente, que sea bajo circunstancias creíbles. Uno debería poder decir: “te amaré en la prosperidad y en la riqueza, siempre y cuando no abuses con frivolidad de las tarjetas de crédito; y te querré mucho en la pobreza y en la adversidad, en la medida en que no me pidas que te entregue el total de mi magro sueldo, porque necesitaré tomar un trago con mi patas de vez en cuando”.

El momento más cinematográfico de todos es cuando el cura, con voz ronca y estentórea, dice que los novios a partir de ese momento deberán estar juntos “hasta que la muerte los separe”. Uf. Qué responsabilidad. Hasta que la muerte los separe. ¿No es demasiado concluyente ese mandato? Humildemente, creo que uno no puede aceptar una unión en esos términos tan definitivos. Se debería precisar, primero, qué muerte es la que puede ser causal de separación: ¿solo la muerte física? ¿Y qué hay de la muerte emocional? ¿Qué hacer cuando se muere el amor? ¿Qué hacer cuando se muere la seducción y el erotismo? (Recuerdo un chiste corto: una noche, una mujer le dice a su esposo de 30 años “lo que ayer nos unió hoy no–se–para”).

¿Cómo actuar cuando la pasión es incapaz de convertirse en algo sustantivo por lo que valga la pena seguir juntos? ¿No es algo hipócrita mantener una convivencia mediocre, vacía, infeliz solo para no contradecir la promesa que se plantó delante del altar ante cientos de invitados?

Uno recurre a las palabras para definir un sentimiento puntual. Si el sentimiento cambia, las palabras deberían cambiar en igual velocidad. Ese es el problema. Nos demoramos en actualizar las palabras. Nos quedamos callados demasiado tiempo por el miedo a defraudar, no solo defraudar a la persona que tenemos en frente, sino por el terror que significa defraudarte a ti mismo.

Hace poco, un amigo –cuyo padre se separó de su mamá cuando él era niño– me contó así la decisión que había tomado de no separarse de la madre de su hijo: “No puedo divorciarme. Cuando mi hijo nació le prometí en silencio que su papá y su mamá siempre estarían juntos. No puedo fallarle. Yo no quiero ser como mi papá”. Yo me quedé absorto. Nuevamente era testigo de cómo las palabras del pasado capturaban a una persona que quería ser libre. Su matrimonio se caía a pedazos, pero él, por honrar un juramento que hizo en un momento de evidente felicidad, decidía inmolarse.

Las palabras de amor ampulosas son un juguete peligroso. Por eso, más que obedecer el dicho popular que aconseja “nunca digas nunca”, habría que considerar esta variante: “nunca digas siempre” porque, como dice el adagio sabio, "por la boca muere el pez".

No sé si sea cosa de los dos géneros. A veces pienso que los hombres somos unos parlanchines de mierda. Las mujeres son más auditivas. Nosotros ponemos Play y empezamos a lanzar todo tipo de ofertas y proposiciones sentimentales, en una suerte de acecho retórico. Ellas, más cautas, ponen Rec y graban todo en la memoria de su oído.

Y por eso abogo por tener siempre, tanto para enamorarle como para tenerle siempre, las palabras justas y genuinas para Ella

19.8.10

A lo pasado…

Confieso irredentamente que en mí sucedió lo que desde hace mucho tiempo esperé que me sucediera: mis criterios de selección de pareja se fueron -derechito y sin escalas- al mismísimo diablo. Se desbarataron todos, uno por uno. Se hicieron papilla en mis narices. No obstante, para este post, trataré de continuar el ejercicio de escribir como soltero cauteloso y cuadriculado, aunque realmente mi plexo solar esté echando chispas.

Supongo –y digo supongo- que uno fija sus requerimientos de búsqueda de pareja sobre la base de la experiencia, tratando de no extraviarse y repetir los escollos de antes. También supongo que todas las exigencias personales de cada individuo sirven de muy poquito pues, como se sabe, el amor tiene la magnífica facultad de hipnotizarnos y hacernos tropezar -como a Julio Iglesias- con la misma condenada piedra. Si no, pregúntense ¿Quién no ha vuelto a la escena del crimen para reincidir en un delito que sí cometió y que está dispuesto a cometer otra vez?

Pero, y es el centro de esto, de todos los criterios hay uno que puede ser realmente discriminante: El pasado. Cuando conoces a una persona interesante, tarde o temprano, te carcomen inquietudes acerca de su pasado. Crees lo que él o ella te dice, sí, pero igual quieres saber algunos detalles que han sido ágilmente omitidos. Quieres revisar su historia clínica para saber qué tan saludable se encuentra. Quieres chequear su currículo sentimental. Inspeccionar su hoja de vida y hasta verificar su récord de conducta. Todo bajo el manto del temor de que seas tú quien salga perdiendo.

Dirán ustedes que lo anterior es lo justo. Y es comprensible, pues ¿Cómo pensar en un futuro compartido si no husmeamos un poco en ciertos antiguos cajones cerrados? Si, es muy distinto ser el tercer enamorado de una chica que ser el vigésimo sexto. O, para ellas, es ciertamente revelador enterarse, por ejemplo, de que el chamo que quiere ser tu novio les puso los cuernos a todos y cada uno de sus anteriores novias. O que tal si esa niña linda que te gusta descubres que le llaman “La Foto carnet” –por eso de que se entrega a los cinco minutos- ¿estarías con ella igual?; o para ti mujer, si descubres que el muchacho bello y de excelente porte que te hace temblar es todo un patán, celópata obsesivo y machista redomado, ¿accederías a estar con él?.

A veces es mejor no saber y mucho mejor no preguntar nada. Pero cómo esperar que el o ella sea del todo transparente contigo si tú mismo sueles censurar cierta información de tu pasado tormentoso para no dañar la impresión que puedan llevarse de ti. Para muchos, hay secretos que es legítimo mantener bajo siete llaves. Yo pregunto, ¿hasta cuándo? Creo que lo más sabio –aunque aún para mi es todo un ejercicio fallido- es preguntar lo justo… en el momento justo.

Pero, con no poco temor, pregunto a quién me haya brindado la gracia de llegar hasta aquí en su lectura: ¿Tenemos derecho de acceder a los expedientes secretos de la persona que nos interesa?

Seguramente los puristas me dirán que no; que cuando uno inicia una relación se impone el “borrón y cuenta nueva”; que la confianza debe ser ciega y total, porque, además, “lo que no fue en tu año no te hace daño”. Para otros, los antecedentes pueden ser indicadores altamente demostrativos, ya que el pasado –objetivamente válido también- encierra algunos datos y patrones que sí podrían tomarse en cuenta al momento de iniciar una relación. “Dime quién fuiste y te diré quién me gustaría que seas”, podría ser un refrán que se ajuste a esta circunstancia.

Otros casos de discriminación son los hijos que, sin duda alguna, son una indeleble huella del pasado de la madre o del padre, un factor que la ligará para siempre con otros actores: el padre, la madre o los abuelos del niño. Otro que también sucede es cuando te vuelves a enganchar con una pareja con la que ya estuviste. Ahí tú mismo te conviertes en parte del pasado de ella o él. Entonces, cómo actuar. ¿Todo el tiempo que pasó entre que terminaron y regresaron debería importarte? ¿Deberías saber qué ocurrió durante esos meses o años en que no se vieron? ¿Conocer ese pasado es un acto de justicia o es puro masoquismo?

Creo que de este tema se podría escribir más preguntas que respuestas. En mi caso particular, a mi no me incomodan los hijos -al contrario, son bendiciones adicionales- y mi convicción es, que cuando sientes algo por alguien, el pasado no debería ser una carga sino un alimento. Porque, si te enamoraste de Ella o Él, te enamoras de todo lo que implica. Como decía en un post anterior, su pasado, sus vivencias y su experiencia es lo que hace que alguien sea alguien. Lo demás es lo que se siente… y eso es otra historia. Y eso sí es una pregunta justa.

Este es mi último criterio. Si alguien lo quiere hacer, espero me ilustre

15.8.10

Y tus papás también

Pocas circunstancias producen tanta sudoración y tensión nerviosa como el decisivo momento en que tu novia, pareja o pretendida te presenta oficialmente a su papá o su mamá. No importa si eres adolescente o adulto, tímido o pantallero, experto o primerizo. Da igual: a todos se nos estruja el estómago y sentimos el vacío en las tripas cuando, en medio de la sala, oímos el eco de las pisadas y los carraspeos que anuncian la inminente presencia del hombre o de la mujer que podría llegar a ser tu suegro o suegra.

Así es. Si en el post anterior decía –o balbuceaba- que una relación desfavorable con la cómplice podría devenir para ti en misterios comparables con los de Hitchcock, una relación desfavorable con tus suegros podría convertirse para ti en una pesadilla patrocinada por Kafka. Y es ese miedo el que recubre como miel pastosa los intestinos en ese momento memorable.

Con los padres, el careo puede estar revestido de un épico aire de desafío del Oeste. Lo común en ambos, sea cuál sea el método, es que durante inacabables segundos se dedican a escrutarte puntillosamente de la cabeza a los pies. La madre te escanea con sus ojos tu morfología y estará atenta al peor castigo del cuerpo, tu lengua. El padre, por su parte, te aprieta la mano con excesiva firmeza (acaso temiendo que esa misma mano haya inspeccionado ya las honduras corporales de su hija).

Ambos -con una gracilidad que disimula sus verdaderos propósitos- te someten a un cuestionario que en nada se diferencia de los vulgares interrogatorios de comisaría: nombre y apellidos completos, lugar de trabajo y residencia, estudios realizados, nombre y ocupación de los padres, gustos y afiliación política. Más que en una entrevista profesional, uno llega a sentirse como en un proceso de control de calidad, como si fueses un pedazo de res, un corte de cochino o un embutido que solo recibirá su sello de garantía si cumple con los mínimos estándares de higiene.

A ese perfil responden los papás duros, celosos, a menudo militares, que sienten que el enamorado de sus hijas, antes que un hijo más, es un enemigo en potencia. Si vieron a Robert de Niro en “Meet the Parents” saben a qué me refiero.

Sin embargo, otra será tu suerte si te topas con los otros clásicos ejemplares: Los Papá y Mamá Panas. Esos con los cuales hay una química inmediata y con los que, increíblemente, sobran las coincidencias: Con mamá puedes coincidir en el gusto por la cocina, la visión de la familia y el cómo debe ser una pareja. Con papá puedes coincidir en que los dos son hinchas del mismo equipo, eligen la misma cerveza cuando llegan a un restaurante, los dos son ligeramente comodones, machistas y no entienden por qué las mujeres se demoran tanto arreglándose en el baño. La política ya, hoy por hoy, debe ser asunto de coincidencia para los dos –procura que así sea, eh-

Así, a diferencia de los papás “ogros”, estos papás descubren en el enamorado al hijo que nunca tuvo y, por esa natural afinidad, puede llegar a convertirse en un involuntario obstáculo para su propia hija. No es rara la siguiente escena: tú y tu pareja o pretendida están saliendo rumbo al cine para una función que comenzará en media hora. Están claramente apurados. Pero justo en el instante de despedirse, al papá –que no ha captado la urgencia del contratiempo- se le da por iniciar una conversación que promete debate. “Oye, ¿y viste el gol de Messí el otro día? El carajito es arrecho. ¿Quién te parece mejor, él o Maradona?” o a su mamá inquiríendote “¿Y ya has probado las empanadas de tal sitio? Dime si no son espectaculares”. Solo un destemplado grito de tu dama (“Ya pues, papáaaaa/mamáaaaaa, ¡vamos a llegar tarde por tu culpa!”) podrá desbaratar esa acalorada cháchara.

Muchos han caído en el cliché occidental de las etiquetas –sobretodo en el caso de la siempre vilipendiada “suegra”- pero, caballeros, por mi parte les digo que, sea cual sea los que les toquen, venérelos y enamórelos como a sus cómplices. Y con más razón: Amén de hacer de tu pareja o pretendida lo que es, de lo que te enamoraste; serán ellos primeros actores de esa película que pretendes emprender: los papás, las mamás, los hermanos y hermanas, los abuelos, los primos, los tíos, las mascotas. Todos son parte de esa escenografía que tienes o quieres para tu vida. Son, casi casi, como una Sagrada Familia paralela. Que espero disfruten o aprendan a disfrutar, y que nunca les llegue la Última Cena.

Por mi parte, debo admitirlo. No sé si el destino me brindará la oportunidad de conocer a los míos. Sólo dentro de mi me consuela la, quizá falaz, pero vanidosa y optimista intuición de que -a diferencia de su hija- ellos no encontrarán un mejor reemplazo para mí.

11.8.10

Cómplices

Pongamos el ojo en la lupa caballeros. Mi madre dice “Cuando buscas o te emparejas con alguien, empero, también lo harás con la familia. Que sea bueno o malo el resultado, queda por cuenta tuya”. Sea consanguíneo o por afinidad, naturaleza humana, la personas con quien estás o a quien pretendes siempre tendrá esa persona que sabrá tanto o más que tú las intensidades de esa relación. Nuestro cómplice.

Puede ser un amigo o amiga, hermana o hermano, su madre –con particularidades especiales que intentaré desarrollar a posterior- o una prima. Se telefonean a diario, inventan contraseñas, canjean chismes sobre ti, sabe que mañas tienes, en que “la has puesto” últimamente y hasta sabe de la existencia de esos lunares presumiblemente cancerígenos que tienes en ciertas áreas restringidas de tu cuerpo. Cómplices, socias, uña y mugre, que se reirán en tu cara de ti y tu jamás tendrás un ápice de sospecha en tu obnubilamiento pasional.

Lo cierto es que el/la cómplice tiene un poder insospechado y muchas veces obviado. Y si no le extiendes tu venia, tu relación –recuérdenlo- será un misterio patrocinado por Hitchcock. Olvídate de debutar en sociedad si no lo logras, mucho más si pretendes algo importante.

¿Y donde está ese poder? En la persuasión. Si usted no matricula, el/la cómplice te acusará y te amonestará con días de mortal disminución y olímpica indiferencia. Como parte de su estrategia, anegará el camino para que usted deje o perciba menos de esos ravioles de espinaca que prepara su pretendida y que tanto le gustan; o dificulten el alcance de esos regeneradores masajes nocturnos que busca con tanto afán. ¿No lo cree? Pues sépanlo señores, el/la cómplice tiene un poder conferido por tu pretendida de Fiscal en primera instancia de lo emocional. Y a la Ley hay que respetarla.

Y para agudizar la catástrofe, en ese juicio no encontrarás a nadie que medie por ti –y más complicado es cuándo el o la cómplice son más de uno o están agremiados- porque, o apoyarán la moción del cómplice mayor o simplemente no se meterán en esa cosa. El beneficio de negociar y promocionarte que puede conferirte el cómplice está negado.

Un cómplice que te censure siempre dirá cosas como “Chama, ese carajo no es para ti”, “No está a tu nivel”, “Ese es un guevón” o “Vas a salir de Guatemala pa’ Guatepeor” entre otras frases. Y si no es suficiente, recurrirá a dramáticas sentencias como “Desde que andas con ése estás cambiada” o “Ya ni con nosotras sales”. La cómplice incluso puede llegar a ser tan sabia y hábil para voltearte la tortilla. “¿Qué vas a hacer pa’ allá con él. Vente con nosotras, vamos a rumbear y a pasarla fino. Además, en la reunión estará el chamo que conocimos el otro día que está buenísimo. ¿Te acuerdas? Ufff, eso es tuyo mamita”. Si usted ha sido cómplice o ha conocido a alguno, sin identificarlo, sabrá que estoy en lo correcto. Y no se ría.

Y ante eso, uno como hombre básico que es, atiende a reacciones de falsa supremacía como “¿Acaso yo estoy empatada con él/ella?”, “¿Esta relación es nosotros dos o qué?” o “Acaso ella te da lo que yo te doy”. Falso hermano. Si ya ha caído en eso, busque un depurativo con urgencia porque usted está pelando y no precisamente cambures. Y no habrá ante eso un árbitro justiciero que le ponga fin a ese combate disparejo.

Usted, enjutado caballero, dirá que lo que estoy planteando es cobarde o absurdo. O que cómo es posible que este incipiente escritor y aprendíz de analista abogue por semejante teoría. Pero recuerde la sabia frase “primero fue sábado que domingo” y, cuando usted ponga la torta y lo envíen de cuarenta y para la cola, será la cómplice la primera en saberlo y con el poder para relajar el trance con su pareja o pretendida, naturaleza humana. Ellas lo saben…y ya han pasado por eso.

Así que guarde en la gaveta esos pulseos de egos que no sirven para nada y sea inteligente. Identifique a su cómplice, que es, en su secreto, su socia por afinidad en su empresa sentimental. Sea agradable y honesto. Enamórela. Quien sabe si, además de sus buenos oficios, podrá también encontrar a un/una amiga sincera y una suerte de avejentada Virgen de la Anunciación que aparecerá detrás de usted para interceder por ti ante Ella.

Sólo espero que la mía, mi cómplice, me de sus bendiciones.

9.8.10

Libros de Infancia

Más que escribir –o intentarlo- me gusta leer. Y este fin de semana me encerré en casa dando tumbos en los viejos libros de mi improvisada biblioteca para revivir un poco las letras de mis tiempos infantiles –que, creo, aún siguen vigentes con ínfulas mocosas de alma enamorada-. Entre las páginas roídas de Twain, Poe y Saint Exupéry, recordé mis primeros contactos con las letras. Épocas en las que quería escribir un cuento, pero todavía no sabía qué decir.

En ese entonces Mark Twain era un monstruo enorme, un viejo loco que sabía mejor que ningún adulto con qué cosas fantasea un chico de doce años. Yo quería fingirme muerto para ver cuál era la reacción de mi familia. Mil veces había soñado con eso. O con ir a una isla desierta junto a un mejor amigo y fumar en pipa, y comer lo que se cayera de los árboles. Navegar en una balsa de madera con un negro loco. Encontrar un montón de plata robada y ser el héroe del pueblo. Conversar toda la noche de cosas graciosas o de temas de miedo con unos viejos barbudos recién llegados del mar. Odiar la escuela tanto como querer aprender todo de golpe, pero de otra forma. Y hasta quemar los libros del colegio.

La primera vez que un libro me puso la piel de gallina fue cuando llegué a la parte del monólogo final de Huck; era un párrafo largo que, de tanto releer, ya me sabía de memoria. Lo repetía mil veces a oscuras en mi cama, con el fanatismo de una oración cristiana. Aquélla fue quizá mi primera forma de religión:

Mira, Tom —yo ponía una voz que ahora no me acuerdo— no quiero saber nada con todo ese dinero... Así como están las cosas, todo me parece servido en bandeja, a la vida buena la tengo al alcance de la mano, y me resulta la mar de fastidioso no tener que preocuparme por nada. Además debo usar esos estúpidos zapatos, e ir a la iglesia los domingos, y la viuda no me deja silbar, ni fumarme mi pipa en paz, y para maldecir a gusto tengo que esconderme en el establo... Hagamos una cosa, Tom; quédate tú con la pasta, y me tiras unos duros cada vez que sople el viento..., que no vale nada, Tom, lo que no nos cueste un poco conseguir.

A los doce años yo no veía la hora de encontrarme con alguien que hablara así. Yo no sabía que eso no era una jerga gloriosa de libertad, sino la resaca de las malas traducciones al español. Pero en las conversaciones corrientes yo decía la mar, y también decía pasta, y de noche soñaba con el ruido del Mississippi, envidiando la suerte de los niños que tenían a la vuelta de su casa un río con tantas consonantes -La quebrada que estaba cerca de mi casa no tenía ni nombre-, y con tantos esclavos nocturnos escapando de los campos de algodón. Los míos eran de cujíes y de caña de azúcar.

Verne, en cambio, me parecía fastidioso. Creo que me gustaban más las historias en donde las personas debían ingeniárselas con poco para lograr felicidades breves: nada de artilugios ni de globos aerostáticos para dar la vuelta al mundo en tiempo récord; ésos eran medios mecánicos con fines pretensiosos. En las historias de mis libros debía haber personas normales que descubrieran la verdad casualmente, y que esa verdad los llevara a la consumación de la dicha. Porque en realidad, pensaba yo, “no vale nada, Tom, lo que no cueste un poco conseguir”. Pero tampoco valía mucho conseguir nada dramáticamente, sin un poco de buen humor y de azaroso desinterés.

Creo que por esa razón me decepcioné de Sherlock Holmes, otro de los libros de mi pre-púber época. No logré engancharme con ella –ni tampoco con su reciente versión postmoderna del cine, y que me perdonen si me lee alguna fan de Robert Downey Jr o del ex esposo de Madonna- pero, cuando llegué a la parte donde Sherlock y Watson debieron usar armas de fuego para resolver uno de sus casos, me parecieron, ambos, tan falsos como la segunda época de Tom y Jerry -cuando usaban moñito y eran amigos- ¿No era Sherlock el que decía que “el mejor arma que tiene un hombre es pensar cinco minutos más, allí donde los demás suponen que ya no hay nada que pensar”? Era triste ver usar un arma a alguien que dijo una frase tan trascendental. Ojalá todos pensáramos cinco minutos más. Me echaron a perder al personaje.

Fue por ese entonces que llegaron dos señores que cambiaron toda mi incipiente percepción de incipiente lector. Poe y Saint Exupéry. Con el primero, sus cuentos no tenían nada que ver con todo lo leído hasta entonces. Si en lo que había leído antes las historias empezaban directamente, incluso hasta con una raya de diálogo y un planteo lineal, Poe me descubría otra manera de envolverme: diciendo la verdad desde el principio, escribiendo cosas como “bueno, está bien, para empezar debo decir que estoy loco y que voy a matar a ese viejo sin ningún motivo”. Y en el segundo párrafo yo empezaba a darme cuenta que la locura no consistía en la levedad de escaparse de la casa por la noche con un mejor amigo y asustarse con los sonidos secretos de los animales sino, por ejemplo, emparedar a tu esposa en una columna del sótano y esperar a que llegue la policía a preguntarte cosas inquietantes.

O saber, de golpe, que muchas veces hay misterios que traspasan la lógica y que sólo se pueden explicar desde los parámetros de la insanía, del deliro y de la enajenación mental. Un loco te explica con su fría coherencia por qué comienza a sentir los latidos del corazón de un muerto, y uno no puede más que aceptar que un muerto, enterrado a dos metros bajo el parquet de la pieza de su verdugo, puede muy bien empezar a hacer saltar los postigos de las ventanas con su sola presencia. Muy bien podía ser.

Era imposible pero era probable, ¿o no me pasaba algo parecido cuando falsificaba la firma de mi mamá en el cuaderno de tareas?¿No se me pasaba por la cabeza que la profesora ya había llamado a casa por la mañana y que ya toda mi familia estaba enterada del fraude, y que nadie decía nada solamente para gozar un poco más con mi sufrimiento? ¿No se me atoraba la empanada en la garganta como si quisiera llorar por una cachetada que nadie me había dado todavía?

Por su parte, con Saint Exupéry me adentré en los cortes transversales del significado de la vida, de la amistad y del amor, que aún me cuestionan por estos días. Desde mi B612 particular, descubrí la imaginación en la caja del cordero, los problemas en los baobabs, las tareas en los volcanes, los celos en el globo, la amistad en el zorro y el amor en la rosa. ¡Ay, la rosa! Espléndida, magnífica, única en su planeta, la metáfora de la mujer amada, la que se ha quedado para siempre en el corazón. Bonita, de olor delicioso, perfecta con sus imperfecciones, pero frágil, a la que había que mimar, cuidar y estar siempre atento a ella. La imagen de la inexperiencia del pobre principito. Hoy te entiendo Principito, pues yo tengo mi rosa.

Luego vendrían el Neruda de “Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy”; el Cortázar de los Cronopios y la Rayuela “del placer que juntos inventamos sea otro signo de la libertad” y el Benedetti de “Mi táctica es mirarte, aprender como sos, quererte como sos (…) esperando por fin que me necesites”. Pero eso ya es otra historia.

Creo que fueron esas lecturas infantiles las que me llevaron a querer escribir. Sólo espero ser como sus autores para atinar siempre en lo que te gusta y quieres leer. En ese propósito me seguiré desvelando en las noches, durante muchas noches; para contarte una historia, y después otra, arrancando las hojas en blanco del cuaderno y echando luz sobre mis sueños y mis miedos. Para que quieras leerme siempre.

3.8.10

¿Qué te hace delirar?


Mi último sueño se colmó de neblina en la calle asfaltada de un pueblo. Afuera había alguien que golpea a mi puerta, pero estaba todavía en el sueño y no alcanzaba a despertarme. Sabía que, del otro lado de la calle, se oía un ruido de nudillos contra la puerta, pero me siento imposibilitado de escarbar entre la neblina y opto por esperar.

Se va el sueño y ya están casi abiertos mis ojos y me duelen. Mi entendimiento de hombre que despierta se entera que he estado durmiendo en el sofá de la sala y que golpean desde hace una hora. Trato de quitarme la pereza para abrir la puerta.

-Ya va- digo

-¿Andrés? Se oye en una voz dulce, pero contundente a la vez

Saco la llave. Mi mano hace girar la cerradura un par de veces, mientras mi otra mano abre la puerta lo suficiente para que mi ojo pueda ver qué pasa afuera. Está oscuro por completo. Reseca todavía, mi voz pregunta:

—¿Quién es?

Nadie contesta. Aprieto fuerte el puño mientras vuelvo a preguntar. ¿Quién es? Una sensación de frío me recubre el cuerpo, se me hace un nudo en la garganta, que baja como un rayo al estómago y a los testículos, que gritan y se contraen, y me palpitan los párpados. Siento un espasmo de calma, un orgasmo al revés. Pongo los ojos en el suelo y veo unos pies pequeños, delicados, pero que no termino de detallar porque están recubiertos de la neblina.

Estoy mareado. Los pies delicados recubiertos de neblina tocan punta a punta los míos, como buscando un abrazo pícaro entre los dedos.

II

Un ser vestido de negro aparece luego de que por cuarta vez he preguntado:

-¿Quién es?

Se presenta como alguien que me ha estado leyendo.

—Me he tomado el atrevimiento de molestarlo para hacerle unas pocas preguntas- te dice dulcemente- de no estar usted muy ocupado-.

Le respondí que no.—Adelante, pase — contesté

Mientras lo acompaño a la sala le pregunto:

—¿Cuál es su nombre?

El ser vestido de negro me mira fijamente las manos. Es porque mis dedos sudan y están interesados sólo en la sombra que no para de moverse.

Me remuerde la curiosidad y vuelvo a preguntar

—¿Cuál es su nombre? —

—Es alguien que ya sabes—responde el cuerpo vestido de negro.

El nombre del cuerpo vestido de negro es “alguien que ya sabes”, pensé, o quizá ese sea el apellido. Porque los nombres son siempre algo así como Juan o María. Aún no sabía si era hombre o mujer

—¿Cuál es el origen de ese apellido? —pregunté.

Pero ya no quiero hacer preguntas. “Alguien que ya sabes” es quien quiere hacerlas, -pensé, ya me lo había dicho-

Sin embargo, “Alguien que ya sabes” comenzó a reírse de algún chiste que quizá no escuché, y entonces también río, por no ser descortés en mi propia casa. El cuerpo y yo nos reímos sospechando festejar una gracia, o una tontería. Pero mi preocupación, en el fondo, seguía siendo ese nudo, esa corriente que sigue recorriendo mi cuerpo. Los pies siguen punta con punta.

III

Me veo sentado frente a “Alguien que ya sabes”, con la vergüenza de la cara con sueño y la curiosidad de la cosa.
Como si nada estuviera pasando me pongo a hablar con “Alguien que ya sabes” y le pregunto si es periodista o solamente lector tuyo, si vive cerca o si es de lejos.

“Alguien que ya sabes” sólo menea la cabeza, siempre, de un lado a otro de la sala, y me sonríe. Me escucha con atención de discípulo, y hay en sus ojos un brillo transparente. Tiene sin dudas ojos de mujer hermosa, y esa mujer que hay allí, en esos ojos, te está deseando.

Me desea, pensé, y pienso en Oscar Wilde, que se acostaba con sus idólatras más tiernos.
Pero también te da miedo.

Los ojos se transforman de pronto, los míos, y entiendo, con la misma cara de idiota que pone un niño cuando comprende la muerte, de qué se trata. Me toco el pecho y, efectivamente, noto que hay un hueco. Y lo toco.

—¿Le pasa algo? —está preguntando “Alguien que ya sabes”

Me toco el pecho hueco y la cosa empieza a latir más fuerte, lejana, rosa y azul, repugnante.
-Músculo escapista- pienso -músculo escapista que se ha resbalado de alguno de mis agujeros
Mientras un hormiguero explota en mi espalda y se extiende a mi vientre, mientras todo menos mis manos tienen un lugar en el mundo.

IV

“Alguien que ya sabes” me pregunta
-¿Qué te hace delirar?

Le contesto la verdad

—La música, escribir y una mujer—le digo

Empiezo a suponer que todavía estoy dentro del sueño. Tal vez todavía no me desperté a atender la puerta, pienso

—Cuénteme desde el principio — me pide “Alguien que ya sabes”

Le cuento que quien me ha hecho redescubrir todas esas cosas es una alguien a quien extraño muchísimo y que, aunque no la he reencontrado en mi privacidad, aún me remuerde esa sensación de deseo que sentí desde la primera vez que la vi, y más cuando empecé a conocerla.

-Sólo conservo de ella unos recuerdos vibrantes. Y los ojos llenos de brillo mientas la espero- digo con un suspiro.

Le cuento a “Alguien que ya sabes”—que me mira con ojos de discípulo hambriento— que hasta el arte, posiblemente nuestro único escape solista, nuestra gran aventura particular, en tu caso y en los últimos meses, le ha venido perteneciendo totalmente a ella.

—"¿Sabes que ha sido duro? Saber que un buen cuento, un buen poema, una buena historia, sea enteramente de alguien que no tienes cerca. Y que las extrañas, y que te hace falta. A veces pienso que no hay batalla propia más peligrosa que una mujer que no sabes si te quiere pero sabe que tú sí. Esa mujer puede matarme si lo desea, y es sabido que las mujeres siempre quieren matarnos. Pero yo podría morir sólo por un beso de sus labios. Y volver a nacer para volver a morir”.

Me quedo con los ojos perdidos en esa época velocísima. Supongo, pero esto no se lo digo a “Alguien que ya sabes”, que si aquel tiempo tuviese un aroma, ese aroma sería el de una cáscara de naranja quemándose sobre una hornilla.

“Alguien que ya sabes” sonríe cuando termino de decir lo anterior. Pensé dejar de hablar allí mismo. Pero su sonrisa, no sé por qué, me obliga a contarle algo más:

—Las mañanas eran y siguen siendo un lugar para mencionar su nombre y darle los buenos días. Las tardes, un buen rato para tomar el café, y las noches, todas las noches, momentos largos y por lo general hermosos, en los que se ansiaba la charla, un trago y un beso. Si la suerte lo brindaba, en la noche había amor. Era una energía que me quemaba el alma en una eufórica danza.

Y contándole esas cosas a “Alguien que ya sabes”, me doy cuenta que mis ojos brillantes sueltan una lágrima nostálgica.

“Alguien que ya sabes” ha escuchado todo como un discípulo de ojos hambrientos, con esos ojos de mujer que me desean.

V

Nada te resulta extraño esta noche y mucho menos las preguntas de “Alguien que ya sabes”. Tengo que reacomodar las palabras, eso es lo único que importa.
—¿Qué te hace delirar? —está preguntando “Alguien que ya sabes”.
Me quedé paralizado ¿No había sido esa, acaso, la pregunta que acababa de contestar? Pensé que sí, que estaba completamente seguro.

Ahora estoy convencido de que todo lo que está pasando es un sueño, que aún no me desperté a atender la puerta.

Entonces decido contestar la pregunta otra vez, pero esta vez para manejar el sueño a mi antojo. No hay nada más excitante que soñar sabiendo, pienso. Pienso que debo tener cuidado de no hablar demasiado alto, porque sé que de esa forma me podría despertar y ahora solamente quiero seguir soñando.

Le cuento a “Alguien que ya sabes” otra verdad. Le digo que tengo ganas de besarla. Escaparme con ella, y emborracharte y cantar, y prender el fuego en invierno, y volver a ponerme en posición retadora, y dejarme dominar de nuevo. Le digo que la deseo.

Le digo que siempre me ha gustado manejar los sueños a mi antojo. Que darme cuenta al tiempo de estar soñando es lo que más me agrada, y que justamente ahora, le digo, estoy soñando.
—Ahora estoy soñando —le digo a “Alguien que ya sabes”, que me mira y mueve la cabeza de un lado al otro de la sala, y que sonríe.

VI

“Alguien que ya sabes” se levanta de la silla y comienza a caminar hacia atrás. Yo sé que es un sueño, porque en la vigilia los invitados nocturnos no caminan hacia atrás en tu propia casa, y mucho menos tienen ojos enormes de mujer hermosa, como “Alguien que ya sabes”. Camina hacia atrás, dejándome sólo un silencio en la escena
Trato de quedarme tranquilo entre la inquietud. “Alguien que ya sabes” me dice

—Me pongo esta piel —me dice “Alguien que ya sabes”—. Dejo mis huesos y me visto así, para confundirme. Pero los ojos no los puedo transformar. No es un problema grave, pero tú te has dado cuenta. Sabes que soy mujer. Que soy esa mujer. Tú no me miras a los ojos cuando hablas.

La cosa rosa y azul, repugnante, que cayó al suelo late vertiginosamente y no para de moverse. Yo tranquilo. Tranquilo. Pienso que va siendo hora de despertarte y atender la puerta de una vez.

“Alguien que ya sabes” continúa caminando hacia atrás. Antes de resbalarse con la cosa y dejarla inmóvil para siempre, alcanza a preguntarte, sin que pueda yo escucharlo:

—¿Qué te hace delirar?

1.8.10

Una voz literaria


Tu silencio habita el mío
Y en alguna parte de mi cuerpo habitó un trozo de tu olor

Bebe. "Tu Silencio".

Camino a una pesada guardia dominical, en la impasividad dominical del Metro, pensaba en los próximos escritos y conjugaba alguna metáfora que podría ser utilizable: "Caminaba por la calle con la seguridad y el alivio de aquellos a quienes se les ha destapado la nariz después de cuatro meses". Me pareció graciosa la frase, más que nada porque en la metáfora misma había una pequeña historia escondida: la del estado de una persona que anda toda una época con la nariz tapada y de un día para el otro, le vuelve el aire a los pulmones y va a caminar por la avenida sacando el pecho.

Y me dije que lo que esa metáfora tenía de bueno era una generalización poco corriente de un estadio que en estos meses se ha hecho poco habitual. Y en ese sentido, traté de hacer ejercicios metafóricos con escenarios más recurrentes en mí en estos últimos meses. Y decía para mis adentros. “ Y se asustó tanto que puso ese gesto que usan las personas cuando se zambullen en una piscina con los ojos abiertos y descubren en el fondo, atadas con correas, a sus madres ahogadas desde hace días".

Sonreía disimuladamente en el asiento azul –no, no había ni personas discapacitadas, ni adultos mayores ni damas embarazadas-, tratando de engañarme diciendo que estoy afinando mucho más el uso de mis técnicas literarias, pensando que con eso voy a hacer un cuento absurdo en el que insertaría uno de estos recursos cada dos o tres renglones. En ese momento, una voz se apresuró a soplarme al oído:

-No, negrito... La escritura se agota en un párrafo si no guarda una mínima intensión.
La voz interna que me interrumpía me pareció sabia, y quise seguir oyéndola. Continuó:
-Es todo un trabajo hacer que un buen escrito salga de una idea poco formal, pero en tu caso, aún tienes muchas cosas que decir como para perder el tiempo de esa forma

Me quedé pensativo y confuso, igual que esas mujeres que salen con dos y tres hombres y a los nueve meses no saben quién pueda ser el padre de su hijo. Le pregunté a esa voz interna:

-¿Y las metáforas?¿No las puedo usar para contar historias?

La voz encendió un cigarrillo -sí, dentro del Metro- y me miró fijamente:

-Puedes utilizar lo que quieras, siempre y cuando sea con intencionalidad. Estás por ahora condenado a escribirme. Lo necesitas, porque te hago falta… hazlo con devoción, hazlo con naturalidad y picardía, recordando lo hermoso, como si estuvieses recibiendo una postal diciendo que, después de tanto tiempo, no he olvidado aquella vez primigenia en la que hicimos el amor con tanta curiosidad y desenfado, retándonos el uno al otro de forma amnésica.

Miré a mi voz interna con asombro, puesto que ella ya estaba enseñándome cómo usar el recurso de las metáforas antes de que yo mismo empezara a practicar.

-¿Cómo me jodes así?—le dije—, estás usando el recurso mucho antes que yo.
La voz sonrió, me picó el ojo y meneó la cabeza.

-¿No te das cuenta? —me dijo, fraternalmente— Si tu voz interna, que vendría ser yo, está usando tu recurso, es porque lo has internalizado y ya no forma parte de tu costado conceptual: ha encarnado en ti y es algo inherente a tu subconsciencia. Úsalo, siéntate y escríbeme como tu quieras

Dicho lo cual, la voz interna se bajó en la estación de Plaza Venezuela, igual que esos pasajeros que perciben que el aire acondicionado del vagón se dañó. Y me quedé absorto pensando: ¿Cómo dejar de escribirte?

26.7.10

La pincha sueños


Otro de los detalles de la visita a la casa de la infancia es que rescaté de uno de los viejos escaparates la flamante y pesada Remington modelo compacto con su caja de madera. Estaba también una Olivetti grandota y una Atlas, pero sólo me traje la Remington porque tenía la maleta y para que no me tomaran por loco en el terminal ni en la casa. Si hubiese ido en mi propio carro y viviera solo me las traía a las tres, porque la máquina de escribir es, de las cosas que no respiran, una de las cosas que más quiero.

Pero sobre todo me fascina ésta, la Remington Mini Modelo Remette, porque reproduce los anhelos de mi infancia. Mil veces me levanté descalzo hacia la sala y perseguí el ta-ca-ta-ta-ca que llegaba desde la estancia. De chamito, no había maravilla más grande que mi papá sentado frente a esta cosa, escribiéndo sus documentos.

Yo arrastraba una silla blanca y me trepaba para verlo. La fila de hormigas elegantes que aparecía en la hoja se detenía únicamente cuando él se mordía un labio; el de abajo. Y cuando levantaba las cejas volvía el sonido de la marcha: ta-ca-tác, ta-ca-tác... Lo que más me gustaba era que llegara al final de una línea, porque el mejor de todos los ruidos era el timbre del salto de carro: había que mover el rodillo o las hormigas se podían caer, desde la hoja hasta el suelo, y podía ser fatal.

En aquellos tiempos lo único que yo quería de mi vida era aprender ese arte; sentía que el artefacto —macizo, gris, y más que nada poderoso— era el mejor juguete que existía sobre la tierra. Y que saber usarlo por diversión sería, por lógica, el mejor de los juegos humanos. Y así aprendí toscamente a manejarla y, antes de que llegara el primer computador a la nueva casa, ya estaba escribiendo los primeros intentos de cuentos y sueños de niño enamoradizo; y acumulando las primeras montañas de bolitas de papel cada vez que me equivocaba. Creo que, de alguna manera, podía pinchar un sueño en cada tecla.

Ahora que está acá, puse a la Remington huérfana en un sitio privilegiado de la casa, frente a la computadora. Así que ahora la miraré todos los días, esperando que, de una forma absúrdamente telepática, me lleve nuevamente a la sala de la vieja casa, a la época en que oía el traqueteo en la sala, y vuelva a sentir en la parte de atrás de la nuca esa piquiña por escribir.

Otras de las cosas que recordaba era que me fascinaba que las personas grandes se quedaran en silencio frente a las hojas incómodas de El Impulso, y que movieran los ojos para leer. Una vez, solo en el baño, quise repetir el gesto adulto y entonces no me entretuve con los dibujos de Olafo El Amargado ni los de Quintín Pérez, sino con las letras indescifrables de los titulares. Las miré fijo, como si el proceso de leer no llegara desde la comprensión, sino de una postura determinada de los ojos —como los estereogramas que estuvieron de moda en los noventa—, pero no ocurrió ningún milagro. Me concentré en una letra (específicamente la jota) y pensé algo demasiado enfermizo: pensé que los mayores tampoco veían nada en aquellos garabatos, y que en realidad se burlaban de mí todo el tiempo para después, a solas, divertirse a costa de mi ingenuidad.

Debo haberle ladillado mucho al viejo Andrés para que me enseñara el truco; se lo debí haber implorado hasta con espanto, porque esa misma tarde apareció en casa un libro que se llamaba Upa, y al día siguiente, como en tercer grado, mi papá usó la Remington para enseñarme todo lo que sé.

Nunca supe si el viejo Andrés supo que me divertia demasiado. Nunca supe si él sabía que buscaba un gesto en sus ojos, y que la curiosidad que yo tenía por aprender quedaba en desventaja frente a las ganas de que él hiciera el gesto de triunfo, que era el de levantar las cejas y decir "muy bien, negrito", y después buscar en mi mamá, en los ojos de ella, la otra mitad de la gloria.

Yo aprendí a leer y escribir en la sala de casa. El viejo Andrés volvía de trabajar a las ocho. Y yo lo esperaba con el libro Upa en la mano, sentado frente a la Remington, para que me explicara más. Cuando llegaba con tragos encima se postergaban las lecciones y yo me quedaba con mucha rabia, pero cuando la sobriedad lo bendecía, ocurría el milagro del encuentro de dos grandes obsesiones: la mía por entender, y la suya por que entendiera.

En sus últimos años de vida recuerdo que tuve que explicarle cómo contar palabras y ajustar los márgenes en Word, cosa que me daba mucha ladilla explicar. Hoy ya sé por qué debía hacerlo: porque le estaba devolviendo un poco de lo que me dio en la infancia. Y no se lo pude haber pagado nunca ni con mil tutoriales. Porque él, sin saberlo, me enseñó las dos cosas que todavía creo que hago con cierta propiedad: leer y escribir.

Ahora que tengo nuevamente conmigo a la Remington y a una mujer que me hace volar, tengo delante de mis narices una tarea trascendente: trasmitir todo el deseo y la pasión que pueda.

Y vuelvo a sentir en la parte de atrás de la nuca esa impaciencia, esa alegría desbordada, como si otra vez fuera niño, las letras de la Remington fuesen garabatos por conquistar y que, con cada tecleo, pincho un sueño y le doy un beso inmenso a esa mujer que me hace volar.

20.7.10

Maltratarte

Los latinos caribeños, desgraciadamente, están golpeando a sus esposas todos los días. Los medios se hacen eco del tema en mayor cantidad cada vez y las organizaciones de DDHH lanzan cada día campañas más agresivas en la región. Inclusive, ya la cosa no es sólo entre casados. Recientemente Amnistía Internacional lanzó una campaña en Venezuela para concientizar a los “novios” –en el sentido “él”- no usen la violencia en contra de “ellas” y que “ellas” aprendan a darse su justa posición.

Lo cierto es que todo parece un tema de machos vernáculos con las hormonas subidas. Cada vez que en los medios dicen que “mataron a otra señora” en tal sitio, yo siempre acoto: "algo habrá hecho la perra", más que nada para que a mi tía le dé rabia. Porque sé que con ese tema no se jode.


Confieso que siempre me dio risa que se les pongan etiquetas a las víctimas y a sus asesinos. "Muere otra mujer, víctima de su ex-marido", titula un periódico chileno. Y de acá recuerdo uno muy particular. “Le dio un tiro por bailar reggaetón con otro”. Muy surrealista. La gente es gente. Los que se mueren son pobre gente, y los que matan son gente enferma. Las aficiones de los protagonistas de un suceso policial son relleno que escribe gente que trabaja en diarios para que lea gente que disfruta con ese morbo, y armar las estadísticas.


Y yendo más a fondo, lo que me molesta es que la discusión, más que un punto reflexivo de importancia, se haya convertido en una moda. No hay un solo día que no se genere un debate, que no se haga un programa especial en la tele, que no salga una película nueva, que no aparezca un idiota explicando los motivos de esta tendencia maligna. Es lamentable cuando un tema tan trascendente se convierte en solo una moda, y sea tragado por la opinión pública, que es lo que la gente piensa que la gente piensa. El tema del maltrato a la mujer estuvo en todos los medios por un buen tiempo. Luego comenzaron a matar a la gente por un Blackberry y adiós al maltrato a la mujer. Y los golpes seguían en rueda.


Eso sin contar los chistes y las creencias de que “hay que darles su toque técnico para que cojan mínimo”. Me parecen totalmente deleznables. Tenía un amigo que decía “A mí lo que me jodió la vida es vivir en la planta baja”, para justificar por qué no había tirado a su mujer por la ventana.
Muchos de estos machos me han insistido es que sí es necesario darle su “toque técnico” a las mujeres para que “cojan mínimo”.


Para ellos –y para quienes crean esto correcto- les voy a presentar mi método con el cual comenzaré a maltratarlas, en caso de ser necesario. Es un método que patentaré y que tiene como base una famosa milonga llamada "Amablemente" de Iván Diez y Edmundo Rivero. Es un soneto precioso, que empieza con fuerza:


La encontró en el bulín y en otros brazos.
Sin embargo, canchero y sin cabrearse,
le dijo al gavilán: "Puede rajarse;
el hombre no es culpable en estos casos".


Esa primera estrofa está bárbara porque te mete en situación desde la primera línea (usando solamente nueve palabras): el marido llega a su casa y la ve a la ingrata revolcándose con otro. Pero en vez de matar u ofender al intruso, lo deja ir porque no tiene la culpa.

Y al encontrarse solo con la mina,
pidió las zapatillas y, ya listo,
le dijo, cual si nada hubiera visto:
"Cebáme un par de mates, Catalina".


La segunda estrofa la pudo haber escrito Alfred Hitchcock, de haber tenido nociones de lunfardo argentino. Porque es puro suspenso, y del bueno. No sabemos qué pasa, ni porqué el hombre, mancillado su orgullo, no reacciona. Se genera un ambiente tenso. "¿Para qué quiere tomar mate, ahora, este señor?", nos preguntamos, con desconcierto y un poco de morbo también.


La mina, jaboneada, le hizo caso
y el varón, saboreándose un buen faso,
le siguió chamuyando de pavadas...


Como nosotros, ella también cae en cuenta que la cosa va por mal camino. La adúltera está "jaboneada", pero obedece. ¿Qué más puede hacer ella, si acaba de refregarse con un desconocido en la propia casa del buen esposo? Mientras, él, como si nada, le habla del tiempo, de cómo le fue en el trabajo… Este penúltimo terceto debería durar unos veinte minutos, pero en cambio llegan, arremolinados, los tres versos finales:


Y luego, besuqueándole la frente,
con gran tranquilidad, amablemente,
le fajó treinta y cuatro puñaladas.


Ni un trompazo en la boca, ni una palabra subida de tono para que los vecinos después argumenten en la televisión, nada. Nuestro galán la besa, con dulzura pero sin espamento. La besa, con amable lentitud, en la frente. Y después la descuartiza y mete los pedacitos en una bolsa del mercado.


Creo que jamás haría lo que hizo el lunfardo. Pero si algo me gusta de la violencia doméstica sureña es la educación, el autocontrol... Estos detalles de sensibilidad son los que hacen falta acá en nuestra región. Un poco de respeto para con la dama que será asesinada. Hay que hablar menos del tema en la televisión, usar menos las armas, los puños y los insultos y empezar a matar con arte, con amor. Suavemente y con besos en la frente, en los labios…en donde sea.


… Y esas siempre serán mis únicas armas para maltratar (te)

15.7.10

Je t'aime moi non plus (Muriendo de amor)


“Y matarme contigo si te mueres” quizá le habrá susurrado ella al oído. La historia de estos dos enamorados no la canta Sabina sino que la publican los periódicos y medios digitales españoles, donde ayer se reportó el hallazgo de una pareja de cadáveres –literalmente- abrazados.




La pareja, de aproximadamente 80 años según los patólogos, fue encontrada en su piso en Vigo en avanzado estado de descomposición. –Sí, seguro que estarán pensando que pendejadas me pongo a leer yo en las guardias nocturnas- Lo cierto es que, después de darle vueltas a la escena –sí, me salió mi porción necrófila, lo admito- y del respectivo debate con los cercanos para sondear opiniones, la única reacción que pude generar en mi básica cabeza fue recapacitar una vez más en el poder mismo de los sentimientos. ¿Puede un sentimiento ser tan grande que pueda llegar a acabar con nosotros?. Los sentimientos nos arrastran sin nosotros poder llegar a hacer nada por evitarlo. Nos dicen que es solo química, ¿pero esa química es tan poderosa como para hacernos sucumbir físicamente?

La historia, la literatura –y hoy, hasta los sucesos- nos remiten a pruebas de ello, con todas las críticas posibles al concepto de "morir por amor". Por ejemplo, Romeo y Julieta –donde, más que la historia, la contradicción puede nacer del propio Shakespeare-, ¿Qué tan jodida podría estar Julieta para clavarse una daga en el pecho por Romeo? Apenas y lo conocía. ¿Cuántas veces se habrán frecuentado antes de casarse? A lo sumo unas cinco. Y sin embargo, Julieta decidió morir por amor en lugar de seguir con su vida al ver a Romeo vencido por el más vil veneno del apotecario.

Lo mismo podría decirse de "Madame Bovary" por tragarse semejante cantidad de arsénico al verse abandonada por su amante Rodolfo (¿o León? Ya no me acuerdo) -aunque con el tiempo he llegado a la conclusión de que ese fue un suicidio por amor propio (o la falta de)-.

Es más, no vayamos tan lejos, la Reina Amidala desfallece aún con Leia y Luke en su vientre cuando se entera de que Anakin fue el que mató a todos los pequeños padawan en el templo y que sucumbió al lado oscuro de la fuerza para convertirse en Darth Vader. La enfermera robot sale de la sala de parto diciendo que "ha perdido la voluntad de vivir".

Hasta el ser inmortal más famoso del final de la década, Edward Cullen desafía a los Volturi esperando que lo maten cuando cree que Bella está muerta. Y seguramente como Julieta, Emma y Padmé hay más ejemplos de "morir por amor" en los libros y películas.

Pero si hasta el momento piensan que el asunto es un recurso literario, pues trasciende la vida real. Conocido fue el caso de Nalan Geçer y Ferdi Yalçin, dos turcos enamorados que se fugaron de su pueblo en la provincia de Agri huyendo de su pasado y de sus compromisos, sin embargo, la luna de miel duró lo que tardaron sus familias en encontrarles. Cosa ruda en un país como Turquía, donde con demasiada frecuencia suele correr la sangre por rencillas familiares y problemas amorosos. Nalan tenía tres hijos y lleva bastantes años casada. Ferdi la conoció cuando hacía el servicio militar en el pueblo de al lado y tras unos meses de romance clandestino decidió que no quería esperar más.

Por si faltaba sal y pimienta a la historia, la familia de Nalan denunció que la niña tuvo que ser forzada para hacer algo así y exigió explicaciones a los padres del amante por el "rapto". Al día siguiente las dos familias quedaron en discutir el asunto y hacer las paces, pero la escalada de tensión llevó al combate, alguien sacó una navaja e hirió en la pierna al tío de Nalan (la dama). Como respuesta, éste sacó una pistola y mató al enamorado y a dos familiares suyos. Y la tragedia no terminó ahí, ya que la parca todavía rondaba por Agri y quiso pasar por el funeral. Un minibús que trasladaba a familiares hacia el cementerio colisionó con otro autobús y otras dos personas más de la familia murieron. En fin, ¡Eso si es morir por amor!

Otros ejemplos no son tan difíciles encontrarlos. Y tampoco de otros continentes. Sólo dense una vueltita investigativa por nuestras páginas de sucesos y recopilen los crímenes pasionales. Aparte de ser un lúdico ejercicio, podrán reconfirmar la teoría de que el amor es el mayor y más fuerte de los sentimientos, llega a inhibirnos del mundo e incluso a solo pensar y vivir para él.

Cada quién tendrá su forma de pensar, a unos les parecerá dulce, a otros la mayor de las pendejadas. Yo por mi parte, confieso que más que reflexionar, prefiero morir por amor. Enamorarme hasta la médula, pues no me va eso de poner cortapisas al amor como prevención a lo que pueda ocurrir. Me perdería lo mejor del amor y es embriagarse del propio amor, aunque después andemos como perros apaleados, reconozco que merece la pena el precio. Por eso muero con paciencia...

... y muero y renazco cada día, sólo con verla…