3.8.10

¿Qué te hace delirar?


Mi último sueño se colmó de neblina en la calle asfaltada de un pueblo. Afuera había alguien que golpea a mi puerta, pero estaba todavía en el sueño y no alcanzaba a despertarme. Sabía que, del otro lado de la calle, se oía un ruido de nudillos contra la puerta, pero me siento imposibilitado de escarbar entre la neblina y opto por esperar.

Se va el sueño y ya están casi abiertos mis ojos y me duelen. Mi entendimiento de hombre que despierta se entera que he estado durmiendo en el sofá de la sala y que golpean desde hace una hora. Trato de quitarme la pereza para abrir la puerta.

-Ya va- digo

-¿Andrés? Se oye en una voz dulce, pero contundente a la vez

Saco la llave. Mi mano hace girar la cerradura un par de veces, mientras mi otra mano abre la puerta lo suficiente para que mi ojo pueda ver qué pasa afuera. Está oscuro por completo. Reseca todavía, mi voz pregunta:

—¿Quién es?

Nadie contesta. Aprieto fuerte el puño mientras vuelvo a preguntar. ¿Quién es? Una sensación de frío me recubre el cuerpo, se me hace un nudo en la garganta, que baja como un rayo al estómago y a los testículos, que gritan y se contraen, y me palpitan los párpados. Siento un espasmo de calma, un orgasmo al revés. Pongo los ojos en el suelo y veo unos pies pequeños, delicados, pero que no termino de detallar porque están recubiertos de la neblina.

Estoy mareado. Los pies delicados recubiertos de neblina tocan punta a punta los míos, como buscando un abrazo pícaro entre los dedos.

II

Un ser vestido de negro aparece luego de que por cuarta vez he preguntado:

-¿Quién es?

Se presenta como alguien que me ha estado leyendo.

—Me he tomado el atrevimiento de molestarlo para hacerle unas pocas preguntas- te dice dulcemente- de no estar usted muy ocupado-.

Le respondí que no.—Adelante, pase — contesté

Mientras lo acompaño a la sala le pregunto:

—¿Cuál es su nombre?

El ser vestido de negro me mira fijamente las manos. Es porque mis dedos sudan y están interesados sólo en la sombra que no para de moverse.

Me remuerde la curiosidad y vuelvo a preguntar

—¿Cuál es su nombre? —

—Es alguien que ya sabes—responde el cuerpo vestido de negro.

El nombre del cuerpo vestido de negro es “alguien que ya sabes”, pensé, o quizá ese sea el apellido. Porque los nombres son siempre algo así como Juan o María. Aún no sabía si era hombre o mujer

—¿Cuál es el origen de ese apellido? —pregunté.

Pero ya no quiero hacer preguntas. “Alguien que ya sabes” es quien quiere hacerlas, -pensé, ya me lo había dicho-

Sin embargo, “Alguien que ya sabes” comenzó a reírse de algún chiste que quizá no escuché, y entonces también río, por no ser descortés en mi propia casa. El cuerpo y yo nos reímos sospechando festejar una gracia, o una tontería. Pero mi preocupación, en el fondo, seguía siendo ese nudo, esa corriente que sigue recorriendo mi cuerpo. Los pies siguen punta con punta.

III

Me veo sentado frente a “Alguien que ya sabes”, con la vergüenza de la cara con sueño y la curiosidad de la cosa.
Como si nada estuviera pasando me pongo a hablar con “Alguien que ya sabes” y le pregunto si es periodista o solamente lector tuyo, si vive cerca o si es de lejos.

“Alguien que ya sabes” sólo menea la cabeza, siempre, de un lado a otro de la sala, y me sonríe. Me escucha con atención de discípulo, y hay en sus ojos un brillo transparente. Tiene sin dudas ojos de mujer hermosa, y esa mujer que hay allí, en esos ojos, te está deseando.

Me desea, pensé, y pienso en Oscar Wilde, que se acostaba con sus idólatras más tiernos.
Pero también te da miedo.

Los ojos se transforman de pronto, los míos, y entiendo, con la misma cara de idiota que pone un niño cuando comprende la muerte, de qué se trata. Me toco el pecho y, efectivamente, noto que hay un hueco. Y lo toco.

—¿Le pasa algo? —está preguntando “Alguien que ya sabes”

Me toco el pecho hueco y la cosa empieza a latir más fuerte, lejana, rosa y azul, repugnante.
-Músculo escapista- pienso -músculo escapista que se ha resbalado de alguno de mis agujeros
Mientras un hormiguero explota en mi espalda y se extiende a mi vientre, mientras todo menos mis manos tienen un lugar en el mundo.

IV

“Alguien que ya sabes” me pregunta
-¿Qué te hace delirar?

Le contesto la verdad

—La música, escribir y una mujer—le digo

Empiezo a suponer que todavía estoy dentro del sueño. Tal vez todavía no me desperté a atender la puerta, pienso

—Cuénteme desde el principio — me pide “Alguien que ya sabes”

Le cuento que quien me ha hecho redescubrir todas esas cosas es una alguien a quien extraño muchísimo y que, aunque no la he reencontrado en mi privacidad, aún me remuerde esa sensación de deseo que sentí desde la primera vez que la vi, y más cuando empecé a conocerla.

-Sólo conservo de ella unos recuerdos vibrantes. Y los ojos llenos de brillo mientas la espero- digo con un suspiro.

Le cuento a “Alguien que ya sabes”—que me mira con ojos de discípulo hambriento— que hasta el arte, posiblemente nuestro único escape solista, nuestra gran aventura particular, en tu caso y en los últimos meses, le ha venido perteneciendo totalmente a ella.

—"¿Sabes que ha sido duro? Saber que un buen cuento, un buen poema, una buena historia, sea enteramente de alguien que no tienes cerca. Y que las extrañas, y que te hace falta. A veces pienso que no hay batalla propia más peligrosa que una mujer que no sabes si te quiere pero sabe que tú sí. Esa mujer puede matarme si lo desea, y es sabido que las mujeres siempre quieren matarnos. Pero yo podría morir sólo por un beso de sus labios. Y volver a nacer para volver a morir”.

Me quedo con los ojos perdidos en esa época velocísima. Supongo, pero esto no se lo digo a “Alguien que ya sabes”, que si aquel tiempo tuviese un aroma, ese aroma sería el de una cáscara de naranja quemándose sobre una hornilla.

“Alguien que ya sabes” sonríe cuando termino de decir lo anterior. Pensé dejar de hablar allí mismo. Pero su sonrisa, no sé por qué, me obliga a contarle algo más:

—Las mañanas eran y siguen siendo un lugar para mencionar su nombre y darle los buenos días. Las tardes, un buen rato para tomar el café, y las noches, todas las noches, momentos largos y por lo general hermosos, en los que se ansiaba la charla, un trago y un beso. Si la suerte lo brindaba, en la noche había amor. Era una energía que me quemaba el alma en una eufórica danza.

Y contándole esas cosas a “Alguien que ya sabes”, me doy cuenta que mis ojos brillantes sueltan una lágrima nostálgica.

“Alguien que ya sabes” ha escuchado todo como un discípulo de ojos hambrientos, con esos ojos de mujer que me desean.

V

Nada te resulta extraño esta noche y mucho menos las preguntas de “Alguien que ya sabes”. Tengo que reacomodar las palabras, eso es lo único que importa.
—¿Qué te hace delirar? —está preguntando “Alguien que ya sabes”.
Me quedé paralizado ¿No había sido esa, acaso, la pregunta que acababa de contestar? Pensé que sí, que estaba completamente seguro.

Ahora estoy convencido de que todo lo que está pasando es un sueño, que aún no me desperté a atender la puerta.

Entonces decido contestar la pregunta otra vez, pero esta vez para manejar el sueño a mi antojo. No hay nada más excitante que soñar sabiendo, pienso. Pienso que debo tener cuidado de no hablar demasiado alto, porque sé que de esa forma me podría despertar y ahora solamente quiero seguir soñando.

Le cuento a “Alguien que ya sabes” otra verdad. Le digo que tengo ganas de besarla. Escaparme con ella, y emborracharte y cantar, y prender el fuego en invierno, y volver a ponerme en posición retadora, y dejarme dominar de nuevo. Le digo que la deseo.

Le digo que siempre me ha gustado manejar los sueños a mi antojo. Que darme cuenta al tiempo de estar soñando es lo que más me agrada, y que justamente ahora, le digo, estoy soñando.
—Ahora estoy soñando —le digo a “Alguien que ya sabes”, que me mira y mueve la cabeza de un lado al otro de la sala, y que sonríe.

VI

“Alguien que ya sabes” se levanta de la silla y comienza a caminar hacia atrás. Yo sé que es un sueño, porque en la vigilia los invitados nocturnos no caminan hacia atrás en tu propia casa, y mucho menos tienen ojos enormes de mujer hermosa, como “Alguien que ya sabes”. Camina hacia atrás, dejándome sólo un silencio en la escena
Trato de quedarme tranquilo entre la inquietud. “Alguien que ya sabes” me dice

—Me pongo esta piel —me dice “Alguien que ya sabes”—. Dejo mis huesos y me visto así, para confundirme. Pero los ojos no los puedo transformar. No es un problema grave, pero tú te has dado cuenta. Sabes que soy mujer. Que soy esa mujer. Tú no me miras a los ojos cuando hablas.

La cosa rosa y azul, repugnante, que cayó al suelo late vertiginosamente y no para de moverse. Yo tranquilo. Tranquilo. Pienso que va siendo hora de despertarte y atender la puerta de una vez.

“Alguien que ya sabes” continúa caminando hacia atrás. Antes de resbalarse con la cosa y dejarla inmóvil para siempre, alcanza a preguntarte, sin que pueda yo escucharlo:

—¿Qué te hace delirar?

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