
Yo tenía siete años y esperaba en la vereda a que el señor Chucho sacara la vieja camioneta Willy's amarilla que tenía para llevarme al colegio, hacía un frío bárbaro. Y allí, a las 6:30 am estaba La Mari, detás de la mata de ponsigué y se quitó la batica de un solo vuelco, como niño que ve playa. El momento fue intenso y memorable. Me quedé pegado viéndole las tetas caídas, el matorral esponjoso, las estrías, los brazos blancos como la leche. Pero no fue la palidez del secreto lo que me impresionó.
—¡Andrés, metéte para adentro!
Yo miraba otra cosa en el cuerpo de la loca cuando mi mamá se le acercó y la espantó como si fuese un perro, con verada de Tamunangue en la mano y demás. Acto seguido, se dio vuelta y en tono bajo, pero un tanto amenazante, me preguntó qué había visto y yo le dije que nada.
-Nada cómo.
-No vi nada, mamá.
Pero no era cierto. Yo había visto algo en la Loca Mari. Lo único que me llamó la atención de su cuerpo, lo que sigue en mi memoria después de veinte años, fue la tremenda cicatriz que le partía la barriga en dos pedazos. Semanas después, oía una conversación entre Dilcia, la señora de la bodega/taguara de la calle y el señor Chucho. "La pobre mujer está así porque la pareja que tenía la abandonó, se le perdió, se alejó". Y yo entendí que hablaban sobre aquella herida horrible. Y por eso, desde aquella mañana, la herida que queda cuando alguien que queremos nos abandona, o parte, o se aleja, es una raja de cuchillo en la barriga.
Estos errores, casi siempre, se desvanecían gracias a un trancazo no esperado. El problema de las palabras malentendidas no estaba en acuñar un falso significado, sino en utilizarlas en una frase cualquiera, días o meses más tarde. Por ejemplo, en una tienda de instrumentos musicales:
-¿Quieres que te compre el cuatro o la guitarra?
-No, mamá. Me gustaría tener un orgasmo.
-¡Toma, carajito er'coño!
Con el tiempo, la escuela y los diccionarios Larousse Ilustrado me descubrieron el verdadero significado de algunas palabras complicadas. Pero en otros asuntos yo seguía siendo muy ingenuo. Los chamos curiosos somos desordenados en la prioridad de los descubrimientos. Es posible que conozcamos los nombres y la ubicación de todos los dientes, pero al mismo tiempo creemos en el Ratón Pérez que nos pone un billete bajo la almohada.
A los siete años yo ya conocía algunas definiciones estrafalarias pero, qué paradoja, aún no sabía que el Niño Jesús eran Andrés y Arellis. Sospechaba que había un rollo que no cuadraba, un trasfondo secreto, pero no lograba entender el qué. Era imposible que un niñito recién nacido pudiera entregar miles de regalos al mismo tiempo en Barquisimeto, Valencia y Caracas (mis únicas ciudades conocidas entonces), pero también eran imposibles muchas otras cosas más.
Una cosa es comprender, por ejemplo, qué dice el diccionario sobre los vocablos abandono, alejamiento o partida, y otra cosa mucho más pedagógica es sentir cada letra en el pecho y en la nuca. Cuando Alejandro Plaza, en el recreo, me contó que se había muerto su mamá, sentí el peso multiplicado de la palabra. En el caso de estos vocablos, los tres, sin excepción, son un terremoto en los cimientos del ser, del recuerdo vivido, un vuelco en el screenplay de tu propia historia que desconocías y que alguien ha modificado para que te sientas perdido, en el aire, triste y como un imbécil en diferido. Los recuerdos son los que se encargan de mostrarte tu nueva cara. Si no tuviéramos memoria no nos afectaría.
Un chamo que descubre la profundidad de esos vocablos podría quedarse solo en medio de una casa llena de juguetes sin pilas. Si el asuntito del Niño es un hecho trascendental, un abandono, alejamiento o partida podría lanzarlo al vacío. Y el nuevo vestido nunca viene solo: la escoltan, bravuconas y serviles, el dolor, la sospecha y la incredulidad. ¿Seré adoptado? ¿Mi abuela también será mi madre? ¿Existe El Chavo, los Transformers, Dios?
El verdadero significado de una partida o de un alejamiento siempre es un descubrimiento tardío, lo demás es solamente ecos del descubrir de los sentimientos. El cornudo que descubre a la mujer en la cama, o el/la novi@ que lo dejan se duele, antes que nada, de su pasado dolorido, de los pequeños detalles del pasado. Lo monstruoso es que el ayer se derrumba —sí, también el futuro, pero no está allí el epicentro del dolor—; se derrumba lo que creíamos blanco y nos sentimos algo estúpidos en el ayer, pobres diablos en la percepción del otro, que reía y nos veía reír, que juraba haber oído la llegada del Niño Jesús.